jueves, 18 de diciembre de 2008

Explicando a Gelsomina


Veo por fin, de manera íntegra y en versión original La Strada (1954) de Fellini. Leyendo la crítica después del visionado uno trata de explicar el comportamiento de Gelsomina sin saber muy bien cómo.

Para quien no conozca el film, el planteamiento es simple: una chica joven es vendida a un forzudo errante llamado Zampanó; a lo largo de la película soporta la ofensa continua, el maltrato, el abuso sexual (débilmente intuido en una delicada elipsis). Tras una tentativa de fuga fallida, Gelsomina asume que su destino está ligado al de Zampanó. Se cruzan por su camino un funambulista, temerario y divertido, un grupo de monjas... Todos le ofrecen la posibilidad de otro tipo de vida, pero ella se queda al lado de "su dueño" hasta el trágico desenlace inesperado. Como espectadores, asistimos al proceso lógico de la degradación, todo ello narrado con una delicadeza que suaviza el dramatismo y que hace que casi no notemos nada. La Gelsomina inocente y soñadora, lejos de acabar por renunciar a su espíritu, vuela como un globo aerostático rumbo a la locura, el único espacio que le permite vivir.

Varios elementos producen el rechazo al comienzo: la descripción plana y contrapuesta de la pareja (ella , infantil y gesticulante; él, bruto y malencarado) , y la aparentemente lenta progresión psicológica. Sin embargo, con vista avezada, Fellini nos da pistas para indicarnos el desarrollo de esta evolución: el tema que ella tararea fragmentado al principio, crece en contacto con el funambulista y concluye por boca de una lavandera anónima al final de la película. Una vez más, resulta prodigiosa la banda sonora de Nino Rota.

Y continuamos preguntándonos: ¿Por qué Gelsomina se queda junto al que la maltrata? ¿Por qué lo hacen las mujeres que viven junto a sus parejas un auténtico infierno?
No me convence la simple respuesta del amor. La Strada no es una película de amor, aun cuando Zampanó solloce junto al mar su soledad profunda, aun cuando ella le proponga ser su mujer. Por eso, es imposible ver el final sin sentir un poso de amargura, porque no hablamos de amor. Hay algo más profundo, triste y enigmático en ese vínculo entre el bárbaro y la joven. Es el hecho de que todos acabamos por convertirnos y amar lo que nos rodea simplemente por ser nuestro único asidero, por ser lo único que conocemos y esperamos. Es el miedo, la dependencia, la resignación, la evasión en la infancia, la autoestima pisoteada por años ilusiones fallidas. Y también una forma persistente de esperanza vive ahí, ahí donde con torpeza invocamos el rostro libre del amor, donde podemos palpar el sentido de la palabra lealtad. Gelsomina es todo eso y también el rostro de una Italia alegre que sucumbió al fascismo, de una Italia vendida, llevada de un lugar a otro por una carretera que no iba a ninguna parte, una Italia de sueños que devinieron locura.

Con rostro de payaso, Gelsomina duerme, acurrucada, sola en medio del invierno. No volveremos a verla jamás. A lo sumo podremos oír, como el bruto Zampanó, detrás de una alambrada, el eco de su inocente melodía en cualquier labio.





miércoles, 17 de diciembre de 2008

Él sabe


Él sabe que es miércoles y llueve. Que a veces se inundan todos los rincones de Los Angeles y otras veces la ciudad inmensa parece un desierto.
Sabe que hay alguien lejos que lo vive con alborozo y miedo. Que a veces se llena de ilusión y otras se esconde en su cama. Sabe que es fuerte a veces y que a menudo se siente desvalida.
Sabe que la apremian los plazos, el desamor, las facturas. Sabe que a veces se hunde al pensar en su propia carne.
Pero sobre todo, sabe que ella lo quiere aunque no sepa muy bien qué nombre ponerle. Y sabe que él mismo la quiere de la misma confusa manera. ¿Lo sabe, lo intuye? Tal vez se equivoque. Pero eso no entra en sus planes. Es miércoles, llueve y pensar en ella despierta lo mejor de su espejo.
Mira hacia atrás y de repente el pasado le parece un continuo de pisadas que conducen a ella. Dónde el azar, dónde el destino.
Mira al presente y es capaz de verla en su espacio. Debatiendo contra sí misma, anulando sus hidras internas. Comprende sus tiempos y sus dudas. La besa en su silencio.
No mira al futuro, no importa. Es miércoles y llueve: él sabe.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Óleo de mujer sin sombrero


La luz se va abriendo en el cuarto, despaciosamente. Entre mis brazos tengo a la mujer que Chagall pintó un día, esa mujer vestida de negro voladora de un beso. Saltó desde su ventana a mi lecho. Acuden a mi mente los versos de Silvio:"Una mujer se ha perdido conocer el delirio y el polvo, se ha perdido esta bella locura, su breve cintura debajo de mí". Resulta casi imposible creerlo: desde el lienzo donde estaba mirándola absorto cada día, desde el muro en que me iba obsesionando cada día, ha saltado directamente a mi cama, desnuda, embriagadora. No podía ser posible y ya lo ha sido. Ahora toco su cuerpo, la acaricio indefinidamente, como tratando de convencer los ojos a través del tacto. Dibujo letras en su larga espalda, imagino constelaciones siguiendo los diminutos lunares de su pecho.

"Veo una luz que vacila y promete dejarnos a oscuras. Veo un perro ladrando a la luna con otra figura que recuerda a mí". Tal vez sea yo mismo ese amante cuya cabeza gira, loca, buscando el beso, cuyo ramo aparecía en las manos de una chica soñadora. O tal vez no. Tal vez he robado esta mujer de carne y hueso imposible a ese otro amante roto que busca una ausencia con sus labios en el muro de enfrente.

La mañana llega, el día está nublado y llueve. "Una mujer innombrable huye como una gaviota" después del desayuno. No se deja besar en la boca, se viste apresuradamente y llora frágil en la esquina de mi cama, como esas chicas de Hopper que leen quién sabe qué triste noticia en una carta secreta. Ato a mi amante a mi presencia, la convoco tratando de encontrar a Silvio en mi teclado. "Que me tenga cuidado el amor", le canto "que le puedo cantar su canción".

De repente he perdido el miedo. "Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí". Esa es mi certeza y mi divisa. El tiempo nos dejó solos y no ha vuelto. No me importa ni el pasado, ni me amedrenta el futuro. No trato de ponerle nombre ni a mi amada ni a este vínculo de acero y humo.

Le preparo el desayuno, casi del mismo modo que en el lienzo. Y anuncia su propósito de marcharse. Y ella se va, no como los sueños, sino como un cuerpo real en su vehículo mal estacionado junto a mi puerta. Su torpeza me hace sonreír, lentamente.

Allí está. Aquí la beso. Allá se fue.

Cierro la puerta, aturdido, feliz y triste. El viento se despierta airado. Surge, como por ensalmo, un huracán en torno a mi casa, un torbellino que derriba las sillas de mi jardín, que bate los toldos de mi entrada. Las puertas se dan de bruces, buscando a esa mujer de Chagall que por una noche me hizo suyo y fue mía. Los muebles de mi casa me preguntan perturbados, locos: no saben que ella se ha marchado de nuevo a un nuevo lienzo imposible de encontrar. No saben lo que yo sé.

Trato de encender la luz, pero el viento ha afectado el tendido eléctrico. Todo me parece un sueño, una invención escrita para la mera ficción. Sólo yo sé que no ha sido un sueño, como esos músicos que interpretan su mejor pieza en compañía de nadie. Quién podrá creer en los milagros. Parece casi escrito por García Márquez: la chica que se va y deja en el lugar de su ausencia un cataclismo. Pero así es y los ruidos ensordecen la casa.

Trato vanamente de consolarme. Qué bien me hace por vez primera añorarla, pienso. Sin embargo, corrompiéndome al centro del miedo, yo, que no soy bueno, me pongo a llorar.

El sueño me invade al mismo tiempo que una enorme y profunda tristeza se derriba en mis ojos, irrefrenable. Descubro que al principio lloraba por mí, y ahora lloro por verla sufrir en algún lugar de esta ciudad de Los Angeles. Mi mirada se detiene fija. No soy capaz de contenerme. Sobre mi cama, descansa un sombrero.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Nubes


Siempre me encantó la imagen de la nube. En su esencia está todo lo fundamental: el cambio, el tiempo, la disolución y la aceptación de ésta. Al mirarlas siempre recuerdo las reflexiones de Azorín y ese hermoso cuento suyo en el que Calisto envejece junto a Melibea.

Tal vez por ello, he acudido de nuevo a la bella canción "Clouds" de Joni Mitchell. Aunque la canción es tonal (re mayor si mal no recuerdo), la orquestación gira de manera impresionista como expresión de la inestabilidad de la vida y del amor. Aquí tenéis el vídeo: podéis verlo mientras leéis la letra en español. http://www.youtube.com/watch?v=Ne20KHNUB9c&hl=es


Como hileras y témpanos de cabellos de ángel,
como castillos de helado en el aire;
como cañones de pluma en todas partes.
Veía las nubes de ese modo.

Pero ahora no hacen más que tapar el sol;
Llueven y nievan sobre toda la gente.
Hay tantas cosas que habría podido hacer,
pero las nubes se interpusieron.

Ahora he mirado las nubes desde ambos lados
de arriba a abajo,
y, de algún modo, todavía
son sólo ilusiones de nubes las que recuerdo.
En realidad, yo no sé nada de las nubes.

Lunas y junios y norias en el ferry;
ese mareo danzante que sientes
mientras el cuento de hadas se va haciendo realidad.
Veía el amor de ese modo.

Pero ahora, no es más que otro show.
Le dejas riendo mientras te alejas,
y, si te importa, no dejes que lo sepan;
no te lo permitas…

Ahora he mirado ese amor desde ambos lados,
desde el dar y desde el recibir
y, de algún modo, todavía
son sólo ilusiones de amor las que recuerdo.
En realidad, yo no sé nada del amor.

Lágrimas y miedo; y sentirse orgulloso
de gritar a pleno pulmón “te amo”;
sueños y planes y el circo de la multitud.
Veía la vida de ese modo.

Pero ahora, los viejos amigos actúan de un modo extraño,
agitan sus cabezas y me dicen que he cambiado;
bueno, algo se pierde y algo se consigue
al vivir cada día.

Ahora he visto la vida desde ambos lados,
desde lo perdido y lo ganado
y, de algún modo, todavía
son sólo ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad, yo no sé nada de la vida.
Son las ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad...
En realidad, yo no sé nada de la vida.