
- La teoría del miedo
Sin duda, para Moore el miedo es la causa y motor de muchos de los males de los Estados Unidos. En Bowling for Columbine, Moore se pregunta por qué su país es uno de los que sufre más muertes por arma de fuego. Uno pudiera imaginar que la razón sería simplemente el fácil acceso a las armas. Pero Moore llega más lejos. En un fragmento animado, el director recorre algunos momentos fundamentales de la historia americana: en todos era común el miedo al otro, el pánico feroz que veía enemigos en todas partes. El enemigo podía ser el inglés, el indígena, el negro... Siempre había alguien de quien desconfiar. A diferencia de Canadá, país cazador por antonomasia, Estados Unidos no cazaba animales (más fieles compañeros que antagonistas) sino otros seres humanos. Un miedo patológico mueve a las masas, las mueve contra sí mismas y contra los demás pueblos. Y ese miedo es rentable.
- La teoría de la manipulación
De la visión de los tres documentales, se saca como conclusión que los gobiernos siempre han manipulado el sentimiento de su pueblo. La competitividad, la ambición, el miedo parecen haber sido inoculados entre los ciudadanos como un virus para que sus gobernantes puedan manipularlos con mayor facilidad. Interesa un pueblo dócil, un pueblo que no sepa de la realidad de otros países, un pueblo embobado tras una televisión pueril y una imagen ficticia. Un pueblo que vaya a los domingos a misa y siempre diga sí con golpes de pecho. Un pueblo en que cada vecino desconfíe del otro e incluso rivalice con el otro. De resultas de eso, se vive con un sistema capitalita alienante y canalla, donde se trata de hacer caja con la salud de las personas (Sicko), con las grandes tragedias humanas (Farenheit 9/11) y la industria armamentística (Bowlin). Esa lucha por la supervivencia en el medio competitivo produce individuos sin tiempo para pensar más que por el trabajo, los hace dóciles a las trampas de las empresas (entre ellas las aseguradoras) y al manejo de los gobernantes. Estos alientan junto a los demás sentimientos, el orgullo de patria, un orgullo infantil y simplista donde según las épocas el malo es el ruso, el afgano o el alemán. Con tales elementos, no es de extrañar que cientos de soldados fueran conducidos como corderitos hacia una guerra absurda e interesada, para descubrir poco más tarde que daban su vida por un poco de petróleo y el afán de venganza de un presidente ridículo.
- La teoría de la insolidaridad
El otro -cualquiera- es el enemigo. Por lo tanto, el americano se pertrecha de muros, defensas. Se construye otra cara, vigila, desconfía, llama a la policía si alguien detiene su coche a pocos metros de su casa ... Se compra un arma o mira a otro lado cuando alguien no puede pagar su seguro. No de otro modo se explica que una sanidad pública sea inviable. ¿Cómo pedir que alguien pague por la salud del otro? No importa que la gente muera a las puertas de los hospitales, que las asguradoras timen por sistema a sus clientes, que se les niegue el derecho a seguro a muchos otros ciudadanos. En la psicología social domina el sálvese quien pueda y la salud se erige en lujo. La demonización del socialismo, la demonización del pobre, son las tretas interesadas que hacen que el pueblo no pueda avanzar por el terreno de la justicia social. Y el estadounidense típico tiene el cerebro lavado por toda batería de mensajes.
Muchas veces se ha criticado, con cierto fundamento, la tendenciosidad de su cine. Tal vez deberíamos tomar en cuenta dos hechos: que su cámara es un "arma" ("cargada de futuro" que diría Celaya) y que su público no es el europeo o americano culto, acostumbrado a la mirada poliédrica de la realidad, sino el americano medio, poco habituado a sutiles dialécticas. Es por ello, por lo que el mensaje de Moore, abunda en subjetivismos enojosos y simplificaciones directas. Su argumentación tiende a la situación forzada y extrema: Chartlon Heston huyendo tras quedar en evidencia, los ministros evitando firmar el reclutamiento de sus hijos, los héroes que enfermaron en el 11/9 siendo salvados por médicos cubanos. Tales argucias son claramente criticables. No obstante, si con ello consigue que el americano medio se plantee una duda y promueva el cambio, habremos dado por buenos los renglones torcidos de Moore.