viernes, 31 de octubre de 2008

Otoño en Los Angeles

Por fin las hojas de otoño que habían caído de los árboles se han encaramado al cielo, formando nubes tan iguales a hojas que hoy me siento bajo el amparo de dos bosques: uno de tierra y otro de cielo. Las nubes salpican de incertidumbre a ese señor cansado de Don Lorenzo. Y con placer rebelde festejo la quiebra de su universo inmóvil.
Mientras en algún lugar del mundo, al otro lado del océano existe una añoranza de sol entre cortinas de lluvia, yo aquí celebro con vítores y aplausos el declive de este astro implacable como viejo terrateniente. Sean las nubes una mera excusa para dar la bienvenida al paso del tiempo en esta endemoniada ciudad detenida de Los Angeles.

Pero existe otra razón por la que mi espíritu se complace en esta mudanza del azul a la ceniza. La bóveda celeste de mi Cádiz, ese cielo que yo amaba, reflejo de esa limpieza de alma, esa áerea gracia, esa despreocupada preocupación llena de vida, aquí es, en cambio, espejo de una superficialidad socialmente aceptada, de un orden preestablecido, puritano y aparente, frío, un garabato simple hecho por un niño con una sola tiza.

Hoy es Halloween en Estados Unidos. Hoy jóvenes y adultos juegan a ser lo que no son, en una fantasmagoría grotesca mezclada con el espíritu del Carnaval. Sin insurreción, por supuesto, porque ese cielo monocromo no puede ser manchado de tormentas, ideas, libertad o sueños que no vivan en una casa con jardín y automóvil en el porche.

Venzan las nubes esta vez. Llueva. Hágase consciente el cielo de su farsa. Mójense estos angelitos de cara pintada con un llanto puro. Hágase, pues, el otoño en Los Ángeles