
Veo por fin, de manera íntegra y en versión original La Strada (1954) de Fellini. Leyendo la crítica después del visionado uno trata de explicar el comportamiento de Gelsomina sin saber muy bien cómo.
Para quien no conozca el film, el planteamiento es simple: una chica joven es vendida a un forzudo errante llamado Zampanó; a lo largo de la película soporta la ofensa continua, el maltrato, el abuso sexual (débilmente intuido en una delicada elipsis). Tras una tentativa de fuga fallida, Gelsomina asume que su destino está ligado al de Zampanó. Se cruzan por su camino un funambulista, temerario y divertido, un grupo de monjas... Todos le ofrecen la posibilidad de otro tipo de vida, pero ella se queda al lado de "su dueño" hasta el trágico desenlace inesperado. Como espectadores, asistimos al proceso lógico de la degradación, todo ello narrado con una delicadeza que suaviza el dramatismo y que hace que casi no notemos nada. La Gelsomina inocente y soñadora, lejos de acabar por renunciar a su espíritu, vuela como un globo aerostático rumbo a la locura, el único espacio que le permite vivir.
Varios elementos producen el rechazo al comienzo: la descripción plana y contrapuesta de la pareja (ella , infantil y gesticulante; él, bruto y malencarado) , y la aparentemente lenta progresión psicológica. Sin embargo, con vista avezada, Fellini nos da pistas para indicarnos el desarrollo de esta evolución: el tema que ella tararea fragmentado al principio, crece en contacto con el funambulista y concluye por boca de una lavandera anónima al final de la película. Una vez más, resulta prodigiosa la banda sonora de Nino Rota.
Y continuamos preguntándonos: ¿Por qué Gelsomina se queda junto al que la maltrata? ¿Por qué lo hacen las mujeres que viven junto a sus parejas un auténtico infierno?
No me convence la simple respuesta del amor. La Strada no es una película de amor, aun cuando Zampanó solloce junto al mar su soledad profunda, aun cuando ella le proponga ser su mujer. Por eso, es imposible ver el final sin sentir un poso de amargura, porque no hablamos de amor. Hay algo más profundo, triste y enigmático en ese vínculo entre el bárbaro y la joven. Es el hecho de que todos acabamos por convertirnos y amar lo que nos rodea simplemente por ser nuestro único asidero, por ser lo único que conocemos y esperamos. Es el miedo, la dependencia, la resignación, la evasión en la infancia, la autoestima pisoteada por años ilusiones fallidas. Y también una forma persistente de esperanza vive ahí, ahí donde con torpeza invocamos el rostro libre del amor, donde podemos palpar el sentido de la palabra lealtad. Gelsomina es todo eso y también el rostro de una Italia alegre que sucumbió al fascismo, de una Italia vendida, llevada de un lugar a otro por una carretera que no iba a ninguna parte, una Italia de sueños que devinieron locura.
Con rostro de payaso, Gelsomina duerme, acurrucada, sola en medio del invierno. No volveremos a verla jamás. A lo sumo podremos oír, como el bruto Zampanó, detrás de una alambrada, el eco de su inocente melodía en cualquier labio.