Qué lástima que el invierno no sea invierno, cuando tomo mate y no estás tú. Cuando caliento la pava y me siento tan frío. Y me dedico lento a recordarme a solas los pasos de un rito que compartiría contigo.
Aguardo a que el agua alcance la temperatura exacta sin dejar que hierva, como espero siempre ese calor que nunca alcanza su apropiado equilibrio. Vierto tres cuartos de yerba mate, lo sacudo y lo agito, para que la parte más fina no sea consumida demasiado pronto.
Con el dedo abro un hueco para la bombilla de plata, donde se reflejan mis ojos que brillan. El chorro de agua cae, lento. Y la bombilla queda atrapada en la hierba, atrapada como mis ojos en su brillo obsesivo, como mis pensamientos en un invierno inexistente, como mi vida en ti.
Cebo la yerba y queda una isla intocada, verde apagado como la esperanza. Sólo así podré evitar su sabor más amargo y podré prolongar este rito sin lavar este mate solitario y bello.
Cebador en la noche, cebador cebado, dialogo con el hombre que siempre va conmigo. Doy a beber a mi doble, hasta que el agua cansada dice basta en un sorbo sonoro o mi propia sombra se levanta, dejando tras de sí un silencioso "gracias". Quedamos solos, pues, amigo mate y yo.
Y se lava la yerba que depura mi alma. Y se viene la noche, tan callando. Ya no hay sombra, ni amigos. Ya no hay rito ni invierno.
Qué lástima cuando la yerba arroja su naufragio y flota. Cuando limpio mi mate de calabaza seca. Y me preparo lento a repetir el rito que no compartiré contigo.
