viernes, 21 de noviembre de 2008

El buscador


Buscaba tesoros. A lo largo del río, por debajo de las piedras y entre las montañas. A veces sentía tentaciones de vender cuanto hallaba, pero jamás lo hacía. A su espalda se mezclaban joyas y baratijas en un orden confuso.

Un día, la fiebre americana lo llamó. Recorrió de una punta a la otra el mapa de América. Y llegó a California.

En mitad de la nada, en mitad de su faena, apareció una joven .

"¿Que haces?", preguntó ella.

"Busco tesoros, pequeña. A lo largo del río, por debajo de las piedras y entre las montañas". Le respondió sin alzar los ojos.

"¿Qué tipo de tesoros?" "A veces pepitas de oro, otras petróleo y alguna vez alguna piedras preciosa".

La chica sonrió. "¿Serías capaz de hallar para mí alguna de esas piedras?".

Al levantar la vista se dio cuenta de lo hermosa que ella era: haría cuento ella dijera. Dejó a un lado su tesoro de joyas y baratijas. Y empezó a cavar.

Al frío del alba, sucedía el calor del mediodía y la humedad de la noche. Y a ese día, sucedió otro. Y otro. Y otro. Y otro.

La joven se cansó de esperar su joya y sin decir palabra se marchó.

Algo pareció romperse en algún lugar, confuso, en medio de las márgenes del río, bajo las piedras y alrededor de las montañas. Él no la vio irse.

Alzó y bajo los ojos de nuevo. El buscador contempló la enorme fosa que había cavado. Su mirada suplicante giró a su alrededor.

La fosa tenía la forma exacta de su corazón.