sábado, 1 de noviembre de 2008

La caja de Pandora



Tenían razón quienes me decían: allá en Los Angeles vas a echar de menos tu colección de música. Melómano contumaz, ya en aquellos días era incapaz de dar cuerda al corazón o al tiempo sin un fondo de pianos, guitarras o violines (según las ocasiones). Durante un mes, pude sobrevivir gracias a la tecnología: los favores de mi recién estrenado Yamaha y una buena selección en mi mp4 podrían ser suficiente. Pero no lo fueron por mucho tiempo. Es ahora cuando descubro, gracias a los consejos de mi amigo James, las posibilidades en internet de Pandora Radio.


No es mi intención caer en la propaganda. Si traigo a colación esta vía de conocimiento musical es porque su perspicaz sentido asociativo provoca en mí ciertas reflexiones. No es ya que todo usuario pueda escuchar de manera gratuita los artistas o el género de música que quiera, sino que, al contrario, lo conduce expresamente hacia aquellos artistas o géneros que no conocía. Pandora funciona mediante el procedimiento de la frustración positiva, con un lenguaje exageradamente educado ofrece sistemáticamente no aquello que quieres sino aquello que podrías querer y aún no lo sabías. Tecleando el nombre de tu artista favorito, inmediatamente la página te ofrece sistemáticamente cualquier otro artista, pero con ciertas semejanzas de sonido. Actúa en los límites del gusto del oyente para ampliar su espectro musical. Su funcionamiento es, pues, didáctico, posmoderno y siempre amplificador. Dejando a un lado las manipulaciones mercantiles que con toda seguridad esconde, los efectos en primera instancia son realmente positivos.


Si pudiera hacerse esto mismo con la literatura, con todo que amamos y queremos compartir. Si pudiera hacerse esto mismo con nuestra propia vida.


Cuántas veces hemos dudado en la vida entre dos extremos: la del auriga ciego que sigue un camino sin desviarse jamás o la del pez que se deja llevar por la corriente. Cuántas veces la vida nos llevó adonde no queríamos y vivimos lo mejor de nuestra vida. Cuántas veces cediste tu voluntad al azar o al mundo para descubrir algo más tarde que habías traicionado lo mejor de ti una vez más. Y siempre, de nuevo, la duda. Qué es mejor: aferrarse a la falacia del autocontrol o perderse en la maraña de los otros.


Quizá no haya mejor respuesta que una lucidez vigilante. Abrir con cuidado la caja de Pandora, del desorden, del caos y de la libertad para no dejar de crecer nunca.





Mi niña Buika


Su manera de expresarse, lúcida y simple, no pasó desapercibida. Y sin embargo, no hubo medio alguno que se hiciera eco de algunas de sus más brillantes palabras:

¿Amar? A mí nunca se me hunde el amor. Sólo se hunden los barcos que están mal hechos. Y en cualquier caso, el fondo del mar está lleno de hermosos naufragios.
Así lo dijo Concha Buika con esa sonrisa suya, inocente, contagiosa y profunda, nacida de una hermosa pureza de alma. Ahí quedaron sus palabras, cosidas en cada una de las prendas de mi casa, cosidas a mis ojos que miraban vacilantes el futuro durante algunos años.

La niña Buika no supo cómo había dejado grabada su mensaje. Siguió viviendo su existencia intensa. Su sabiduría simple fue haciéndose compleja (trifásica, tripolar y tridimensional). Miró el amor desde todas las cumbres, sin importarle prejuicios ni señales. Siguió dándose, insensata loca, de bruces contra todos los muebles del desamor, se le cayeron encima los aparadores del alba sobre su garganta de raso. Todos salimos ganando junto a ella, junto a cada una de sus muertes de amor resucitadas.

Pero el tiempo pasa, con permiso de Pablo Milanés, y mientras escucho "Volverás", descubro sorprendido cómo han ido soltándose aquellas viejas costuras. Ya no hay cosidas frases redondas para un futuro perfecto de indicativo. Ni hay confianza en el fondo del mar. No creo que se hunda tan sólo los barcos que estén mal hechos, porque en realidad todo está mal hecho, incluso aquellos barcos que, nacidos a la prisa, ocasionalmente flotan unos instantes.

Tampoco creo que pueda hablarse de amor, sino con letras pequeñas, casi como una nota al margen o a pie de página. No hay amor, sino amores, amores que no sólo se hunden sino que se borran, se filtran, se reescriben en letras invisibles, se van y ya no fueron. El amor es un sueño tan dulce como el olvido. Cuando se marcha deja una forma de cicatriz tan parecida a la esperanza que a veces se confunde... y, sin saber ni qué, espera.

Tampoco confío en que el mar esté repleto de viejos tesoros. Tal vez sea que mi niña Concha es capaz de nadar donde mi pecho no sabe, o que profesa la brillante religión de la carne y yo la osamenta del tiempo.

Pero a pesar de toda diferencia, basta que su voz barra como el viento más dulce la casa de mi amor tan viejo para que nos miremos nuevamente a los ojos, para que vuelva a enamorarme de sus palabras, para que me convierta en aliado de sus más duras batallas y entone, quedo, junto a su canción nuestros salmos de amor favoritos.


No eran tan falsas
aquellas mentiras.
Ni tan verderas
tus verdades favoritas.
No fueron tan callados
aquellos silencios.
No fueron tan malos
algunos momentos.


Sí. Quizá sea cierto que el desamor sea el único puente que nos conduce hacia nosotros mismos. A ese lado, al que nunca llegó el grito de Munch, hay un hombre o una mujer, tranquilos. Un chico que escribe un blog y recuerda los barcos de su niña Buika.