
¿Qué misterio encierra la locura? ¿En qué lugar de nuestra mente ilumina la locura al genio o produce monstruos? Para tales cuestiones las psiquiatría convencional o la psicocrítica tendría sus espléndidas explicaciones. Siempre encontraríamos al Doctor Freud señalando al inconsciente, subrayando la neurosis del artista y su pulsión sexual aflorada desde el sueño a la obra de arte; o a Frye con sus hermosos dibujitos estacionales. Lamentándolo mucho, no participo de su desmedida interpretación interpretativa. El psicoanálisis tiene algo de tentativa adolescente de liberación. Esa preocupación falocéntrica, esa desmedida pretensión de seriedad, ese ditirambo en pos del inconsciente me resultan al día de hoy francamente insoportables. Quizá porque, instalado en el principio de realidad, todo se percibe de otro modo.
Para empezar, esa aseveración de que el artista sea obligatoriamente un neurótico contumaz requiere de cierta matización. No es sólo que éste sea neurótico, sino que con toda seguridad todos lo somos de alguna manera. La diferencia ni siquiera es de grados, cantidades. El escritor no es más neurótico que cualquiera de nosotros, no tiene dos galones de locura más que cualquier ciudadano anónimo. Hay mucho loco suelto que no tiene un solo gramo de genialidad. La cuestión del artista es sólo una cuestión de domicilios. El artista o el poeta decide vivir en la nave de los locos. En muchos casos el artista muy bien podría tomar otro rumbo, podría aceptar otro tipo de vida, podría obviar esa fragmentación lacaniana, vestir con corbata e ir al Downtown y echarle tierra a un mundo de dudas con una vida cómoda. ¿Por qué no lo hace, pues? ¿Por qué se embarca en la nave de los locos? La realidad es una cuestión de hambre. El artista tiene hambre de absoluto, hambre desmedida, voraz como Saturno. Y es su voracidad tan grande que ha de alimentarse no sólo de realidades, sino de posibilidades, de sombras, de incertidumbres. Y es por eso que explora las regiones más oscuras, fanático submarinista entre algas. Tal vez haya que buscar esta condición hambrienta en la educación recibida en los primeros años formativos.
Sin duda, hay numerosos ejemplos de verdaderos locos, cuya vida concluye en medio del horror de los estupefacientes, las drogas o el suicidio. Su explicación es simple: el artista cuando crea su mundo, en ocasiones no quiere o no puede salir salir (porque ha nadado demasiado hondo, se ha enredado entre algas). Ese proceso de introversión dolorosa ha devenido vicio o incapacidad para la extroversión. El artista se vuelve a sí mismo un inadaptado, por medio de una regresión voluntaria se ha instalado en su vida de niño y ya no puede salir. En algunos casos ese aislamiento no es voluntario (véase Goya o Beethoven). En otros, simplemente nos hallamos ante una proyección frustrada hacia la sociedad o una soledad enferma.
Pero del mismo modo que hay artistas atrapados en sí mismo, los hay que saben entrar y salir de sí mismos y comprenden que el arte es sólo una habitación en la vida. De ellos no se habla tanto, por la simple razón de que su biografía no es comercial y su expresión no es desgarrada. Valga el ejemplo de Haydn, cuya mayor defecto, según un crítico, "fue ser feliz".
El budismo zen tendría mucho que decir al respecto de la enfermedad del artista. Según esta concepción, es ese yo inflado el que produce el dolor. El yo se ha llenado tanto de sí mismo que n es capaz de tolerarlo. Necesita abrirse hacia fuera. Necesita convertir su conciencia no en una cárcel, sino en un parque al aire libre. Este enclaustramiento enfermizo se produce en el artista, por supuesto, pero igualmente en cualquiera que haya insuflado su espíritu de altas metas, sea hombre de negocios o deportista de elite.
Es la obsesión de una vida mejor lo que conduce a la locura y no la realidad. Vaciar los sueños, meterle tierra a ese globo aerostático que flotaba en el cielo de nuestra infancia pueden ser los únicos remedios.
Tampoco converjo en aquello de que los sueños tengan una interpretación genérica y, mucho menos, que sean manifestaciones por defecto de una sexualidad reprimida. Junto a los códigos que regulan la sociedad hay símbolos personales, individuales como una metáfora. Ese código absolutamente personal es un acto de creación. El color rojo de mis sueños, no es el color rojo de cualquier otra persona. Quizá coincidamos si ambos nos remitimos al código social, pero no si articulamos el símbolo como imagen de una experiencia o un contenido íntimos. Las cosas no son las cosas sino lo que sentimos de ellas: esa es la realidad de la poesía y también de los sueños, de cuyo reina tal vez proceda toda la imaginería del arte.
Reducir el sueño a la sexualidad es otro de los funestos hábitos del psicoanálisis. Sin duda, se trata de un factor extremadamente poderos, pero no minusvaloremos aspectos mucho más inmediatos: la aceptación social, el miedo a la pérdida, la necesidad en su forma más dura, la incertidumbre sobre el sentido de nuestros actos, la frustración de expectativas individuales. Quien se ve diariamente rechazado, o ve que su padre se le muere, o pasa por una necesidad biológica (hambre) o debilidad física, o se siente perdido o fracasado, dudo que piense en la duodécima castración del falo en si menor. La obsesión sexual es propia de quien tiene mucho de su vida resuelto y no tiene problemas más graves con que fantasear.
No sólo de artistas vive la locura. Así vemos la nave de los locos no sólo llenos de poetas que cantan versos octosílabos (como en el poema original de Sebastian Brandt), sino de todos nosotros, de todas la ilusiones de niño que no supimos convertir en realidad.