jueves, 22 de enero de 2009

Recibo de mi amigo Fernando Rossi, una carta conmovedora que ha recientemente escrito y de la que me hace partícipe como muestra de lejanas complicidades. Como me asegura no importarle la difusión de este texto, ya que su legítima remitente no ofreció siquiera acuse de recibo, de este modo me animo a transcribir este pedazo de su intimidad. Curiosamente, ahora cuando me sentía distanciado de tales sentimentalidades, en este día de lluvia, este jodido textillo ha logrado removerme no sé que pasados imposibles, con estas pocas líneas. Será que conozco su historia y sé lo que él trata de explicarme. Será que basta mirar en otro para llegar a recordarse, esa parte que una vez abandonamos, lejos, como un extraño sueño.

Espero que estas líneas os gusten tanto como a mí:
J.

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Bueno. Si supieras cuántos mensajes estropearon su camino antes de llegar a tus manos. Quizá es que el destino es sabio y sabe que hay palabras que conviene dejarlas ahí, sepultadas en el silencio. Así, como Garcilaso, escribo cuanto este vacío me dicta, en esta ocasión nada.

Porque igual iba a decirte absolutamente nada. Que te quiero más de lo que ambiciono dormir a tu lado. Que te prevengo de mí. Que me da miedo del día en el que veas que me fui. Porque igual no soy el zorro que llora, sino también el principito que siempre se va.

Igual no voy a decirte si has de descalzarte o no. No voy a hacer nada mas que estar.
Igual iba decirte que no necesitas buscarme, porque nunca me voy lejos de aquellos que amo. Igual iba decirte que voy a estar ahí. Y que soy siempre una fuga. Que permanece para que me hables o para que te quedes ahí, callada, conmigo.

Igual no era nada importante decirte que te quiero más de lo que he ambicionado estar contigo. Que temo por ti y que ese mismo miedo que siento hacia tu fragilidad te protegerá para siempre.