
Presentada en el último Festival de Cannes, La leonera es un film más que recomendable para los amantes del buen cine, aunque no apta para espectadores poco habituados a una alta tensión emocional.
El arranque de la película, casi kafkiano, sitúa a la protagonista en el centro de una auténtica pesadilla. Julia se levanta una mañana, con el rostro magullado y las manos ensangrentadas. Su expresión no traluce sorpresa alguna: los golpes, el maltrato, parecen una rutina que el espectador deduce como alguna habitual en su vida. En los primeros compases de la película, dominan los primeros planos junto a enfoques y movimientos de cámara que conceden al film un ritmo nervioso e inquietante. Seguimos a Julia, en el tren, con llanto contenido, vemos sus pasos a través del cristal de su condición de víctima. Esa condición práctimente se mantendrá durante buena parte de la película. Incluso la breve secuencia de la biblioteca transmite la debilidad de la protagonista rodeada, casi dominada, por la pila de libros circundantes.
Julia teme regresar a casa, su casa. Se da luz a la pesadilla: Julia contempla ahora los cuerpos ensangrentados de Nahuel y Ramiro, su novio y el amante de este que han invadido su hogar. Ni ella ni el espectador llegan a comprender este suceso clave para el desarrollo de la película. Trapero no parece interesado en que el crimen de Nahuel se esclarezca, ya que la falta de justificación hace que el seguimiento de este drama se haga más angustioso y es eso lo que él busca. Algunas notas diseminadas de este sórdido triángulo amoroso se irán desvelando a cuentagotas. Con cada una de ellas se subraya cada vez más la condición absoluta de Julia como víctima indefensa por antonomasia de cuanto le rodea.
Es puesta en prisión. Además presenta un embarazo incipiente. La acusan de la muerte del supuesto padre de la criatura (Nahuel) y el único testigo (Ramiro) se posiciona en su contra para acusarla del crimen. Difícilmente puede pintarse una situación más negra y atormentadora.
A partir de aquí, la sintaxis de planos se modera, se hace más calma. Los planos se van abriendo cada vez más, dando lugar a un retrato no ya sólo de la protagonista sino de un microuniverso: el de las mujeres que cuidan de sus hijos en la cárcel. Esta es la leonera donde Julia irá aprendiendo a hacerse fuerte obligada por las circunstancias. El título por lo tanto es polisémico: no sólo es el espacio para la transformación de Julia en leona, sino que remite al parque con mallas en el que se tiene a los infantes hasta los cuatro o cinco años. De ahí esa fusión de los elementos carcelarios y los de jardín de infancia.
El nacimiento de Tomás será el motor de su transformación, la obligará a salir de su condición real de víctima para luchar contra las circunstancias. Este cambio es progresivo y no trata de ocultar la realidad que se impone sobre la voluntad de Julia. Otro director hubiera ablandado el medio para presentar el triunfo del individuo. Trapero no: Julia no pasa de víctima a heroína, de derrotada a victoriosa, porque la realidad social y carcelaria es como una apisonadora que sólo puede ser sorteada, jamás vencida.
Tomás da sentido a la vida de Julia. Pero he aquí otro de los aciertos del director: ni siquiera él esta a la altura de la grandeza de espíritu de Julia, de su amor de madre, de su vehemente entrega. Tomás aparece como todo infante: ausente, inconsciente, deseoso de libertad y de juegos. Solo el espectador y reclusas como Marta son capaces de entender la soledad absoluta de Julia y su larguísimo sufrimiento.
Varios elementos meritorios merecen resaltarse del talento del director en esta sección. En primer lugar, el seguimiento del embarazo de Julia es extraordinario. Nos preguntamos si Trapero lo ha rodado en tiempo real (con el costo que ello supondría a lo largo de tantos meses) o ha buscado algún artificio brillante. Los cuerpos desnudos, el lesbianismo de las cárceles, es expuesto sin asomo de morbosidad, de una manera documental y casi objetiva. De otro lado, merece subrayarse el modo de rodaje en la cárcel. Situada en escenarios reales, con reclusas de verdad, el desarrollo resulta directo y verosímil. La transformación del espacio real en el espacio cinematográfico es perfecto, con detalles muy cuidados que dan cuenta de las características específicas de estas dependencias.
Varios elementos desconciertan, sin embargo: las secuencias con Ramiro resultan extrañas al relato; hay cierta recurrencia en el tratamiento de Julia como víctima que resulta excesivo, desmesurado; el uso de temas infantiles en el entorno carcelario chirría en ocasiones. Tales apartados más restan que suman en el global de la película.
A ello hemos de sumar una crítica puntual. Existe cierta tendencia actual a situar el realismo en el exceso dramático. No abogaremos por los recesos hollywoodienses, sin embargo, parece tan simplista una fórmula como otra. Si la intención del director es la verosimilitud del entorno y de la protagonista no puede limitarse a la filmación de lo hostil y dramático, sino que sería recomendable alguna nota que completara esta perspectiva que dibujara un fresco más completo. Ello, sin duda, haría más efectivas las secuencias más terribles. No hay descanso para el espectador y eso homogeneiza demasiado el desarrollo. Más allá de la relación entre Julia y Marta, todo es hostil, con lo que ello supone de exceso.
Se agradece, no obstante, que el director haya evitado enarbolar un feminismo simple. La fraternidad entre las mujeres es expuesta con absoluta credibilidad, con sus límites, su generosidad en momentos de necesidad y sus desconfianzas puntuales.
Punto y aparte merece la interpretación de Martina Gusman. En cine siempre se dice que es más difícil vaciar al actor que una escena de cama. Martina se vacía durante todo el metraje, con una autenticidad realmente conmovedora. Su trabajo es secundado con brillantez por la caracterización de las demás reclusas, con el personaje de Marta a la cabeza. En comparación, los personajes de Ramiro (Rodrigo Santoro) y Sofía (Elli Medeiros), madre de la protagonista, parecen demasiado simplificados, faltos de profundidad. El uno es el amante torturado que mira por su propia salvación; la otra, el reflejo de la elite afrancesada argentina. El papel de ambos como antagonistas de Julia hubiera merecido algo más de background.
Muy bueno además el trabajo con los niños, toda una piedra de toque para cualquier director. (Ya se sabe que no hay nada peor que rodar con niños y animales, Hitchcock dixit).
No revelaremos el final del film para aquellos que quieran disfrutar de la película. Les aseguro que aplaudirán con lágrimas en los ojos la transformación de Julia en toda una leona.
1 comentario:
Mmmmm cine, este blog crece por momentos. :)
Pásate por el mío que tienes un regalito anda. ^^
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