sábado, 10 de enero de 2009

Monólogo del unicornio azul


Mucho se ha hablado de mí sin conocerme. He escuchado (padecido) todo tipo de interpretaciones, desde las que me cosificaban como un mero bolígrafo, hasta las que me atribuían un alto calado simbólico (rayano en la utopía) o incluso una dimensión política (los desaparecidos). Aunque parte de mí se vanaglorie de tantas miradas y lecturas, ahora que me encuentro al final de mis días siento la nostalgia de una mirada auténtica que sepa contemplarme tal y como realmente soy. Creo que ha llegado la hora de que mi voz, la del unicornio azul, se haga escuchar.
Agradezco mucho la fama que mi querido Silvio me ha dado y no pretendo parecer desagradecido. Sin embargo, ya me pesa esa fama sin cuerpo que se me ha atribuido.

Para comenzar, he de señalar algo presumiblemente obvio: existo. Tengo tacto, olor, largas patas fibrosas y acostumbro a trotar por las praderas. Me alimento de lo que puedo, tengo mis necesidades biológicas como cualquier ser vivo. Además, no soy el único en mi especie, puesto que hay más unicornios por ahí escondidos en su rincón de olvido. Si nadie más nos ve es porque el humano no sabe mirar. He de aclarar, para decepción de algunos, que no soy azul. Azul era mi color favorito, como el de Victor Hugo o Darío, y esa es toda explicación, por la que Silvio me reconoce de este modo. Eso y el hecho de que, según me aseguró, a la debida distancia, mis crines se veían de un gris azulado. Nada que ver con la realidad pragmática, pues.
A Silvio lo conocí en las horas de un romance triste que sufrí por algún tiempo. Cada tarde venía al lugar donde acostumbraba a beber. Allí, al borde del río, escuchaba sus canciones y ofrecía mi particular crítica musical, mediante un cabeceo o un simple movimiento de mis patas. Fue indudablemente hermoso aquel tiempo. Silvio me conmovía en lo más profundo. En ocasiones sus letras se me quedaban grabadas durante días, avivando mi contumaz nostalgia. Fue así que un día decidí romper con esa rutina dolorosa. Poco antes de su esperada venida, me marché y no volví la vista atrás.

Una vez explicado esto, merece la pena señalar que mi intención no fue abandonar, ni escaparme de nadie. Nací libre como todo unicornio y es para nosotros un sinsentido esa noción de pertenencia a un lugar o a una persona concreta. No somos cosas, ni animales. Tampoco pretendemos ser personas. Simplemente habitamos el mundo, buscamos nuestro reino. A veces, como al principito, conocemos a alguien que nos hace detenernos por un tiempo. Pero cierta sabiduría antigua nos predispone a la marcha. Nuestro cuerno asiente al ritmo de una melodía dulce, dejamos que alguien cabalgue sobre nuestro lomo o nos dejamos acariciar las crines. Eso es todo. Un día, sin saber por qué, nos vamos. O tal vez lo contrario: nos vamos porque sabemos lo que vendrá a continuación. La domesticación, la manipulación, la deslealtad, el olvido. Por eso nos vamos, cuando aún podemos ser soñados y queridos. Nunca decimos adiós y aunque sentimos una inmensa presión en el pecho, jamás somos capaces de llorar.

Luego vienen los músicos, las doncellas hermosas, y nos buscan en las fuentes, en los lagos. Y no nos encuentran nunca. No saben que estamos el tiempo suficiente como para permanecer en su memoria y nada más. Si nos hablaran de amor, lo entenderíamos mejor que nadie, porque el amor es libre como nosotros y, aunque nos vamos, nuestro cuerno es leal a su memoria.

Escribo todo esto, mientras cuento las horas que me quedan por recorrer los prados. Tal vez no tengo mucho tiempo... Me siento cansado y viejo. Pienso en lo hermoso que hubiera sido haber encontrado un humano leal que me hubiera forzado a quedarme. No lo hay, ni lo hubo. Paradoja triste ser buscado por quienes no son capaces de permanecer en una misma emoción. Pienso en Silvio, en mis doncellas hermosas y me voy adormeciendo lentamente, en medio de una niebla tan triste y tan dulce como lo es el amor.

martes, 6 de enero de 2009

¿A DÓNDE VAN? (Silvio Rodríguez)




¿Adónde van las palabras que no se quedaron?
¿Adónde van las miradas que un día partieron?
¿Acaso flotan eternas,
como prisioneras de un ventarrón,
o se acurrucan entre las hendijas, buscando calor?
¿Acaso ruedan sobre los cristales,
cual gotas de lluvia que quieren pasar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y adónde van...?
¿Adónde van?

¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos?
¿Adónde fueron a dar tantas hojas de un árbol?
¿Por dónde están las angustias,
que desde tus ojos saltaron por mí?
¿Adónde fueron
mis palabras sucias de sangre de abril?
¿Adónde van ahora mismo estos cuerpos
que no puedo nunca dejar de alumbrar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y adónde van...?
¿Adónde van?

¿Adónde va lo común, lo de todos los días:
el descalzarse en la puerta, la mano amiga?
¿Adónde va la sorpresa,casi cotidiana del atardecer?
¿Adónde va el mantel de la mesa,el café de ayer?
¿Adónde van los pequeños
terribles encantos que tiene el hogar?

¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y adónde van..?
¿Adónde van?
(1975)

lunes, 5 de enero de 2009

Poema de Fernando Rossi (Uruguay)


Para mí es mucho más fácil pensar que no me quieres
Pararme en los escaparates tan solo para ver
-un collar de los indios nativos, un kit de manicura,
un vestido morado-
Es más fácil borrar dos palabras
en todos mis mensajes
Fantasear con buscarte pareja
Seguirte con la broma de tu marido ideal
o derribar mis ganas continuas de besarte
Porque todo es más fácil que pensar lo contrario -
Que pensar que me quieres y comprarte un regalo
-un collar, un vestido, un kit de manicura-
que buscar dos palabras en todos tus mensajes
que saber que estás sola y me piensas a veces
que una hora antes de marcharme
fueras capaz de devorarme a besos
Porque es más fácil pensarlo de este modo
que buscarte al pie de foto de todos los futuros
que proyectar contigo un viaje a Las Vegas
o reservar tu mitad de mi cama o mi carne
o tomar conciencia de que te soy pequeño
o tratar de abrazarte y temer tu rechazo
o elegir esta tierra porque la habitas tú
Para mí es mucho más fácil, ¿lo ves?
Lo es, como lo es para ti,
dejarte en el confín del ensueño.
Lo es. O debería serlo
...Y sin embargo es mentira.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Explicando a Gelsomina


Veo por fin, de manera íntegra y en versión original La Strada (1954) de Fellini. Leyendo la crítica después del visionado uno trata de explicar el comportamiento de Gelsomina sin saber muy bien cómo.

Para quien no conozca el film, el planteamiento es simple: una chica joven es vendida a un forzudo errante llamado Zampanó; a lo largo de la película soporta la ofensa continua, el maltrato, el abuso sexual (débilmente intuido en una delicada elipsis). Tras una tentativa de fuga fallida, Gelsomina asume que su destino está ligado al de Zampanó. Se cruzan por su camino un funambulista, temerario y divertido, un grupo de monjas... Todos le ofrecen la posibilidad de otro tipo de vida, pero ella se queda al lado de "su dueño" hasta el trágico desenlace inesperado. Como espectadores, asistimos al proceso lógico de la degradación, todo ello narrado con una delicadeza que suaviza el dramatismo y que hace que casi no notemos nada. La Gelsomina inocente y soñadora, lejos de acabar por renunciar a su espíritu, vuela como un globo aerostático rumbo a la locura, el único espacio que le permite vivir.

Varios elementos producen el rechazo al comienzo: la descripción plana y contrapuesta de la pareja (ella , infantil y gesticulante; él, bruto y malencarado) , y la aparentemente lenta progresión psicológica. Sin embargo, con vista avezada, Fellini nos da pistas para indicarnos el desarrollo de esta evolución: el tema que ella tararea fragmentado al principio, crece en contacto con el funambulista y concluye por boca de una lavandera anónima al final de la película. Una vez más, resulta prodigiosa la banda sonora de Nino Rota.

Y continuamos preguntándonos: ¿Por qué Gelsomina se queda junto al que la maltrata? ¿Por qué lo hacen las mujeres que viven junto a sus parejas un auténtico infierno?
No me convence la simple respuesta del amor. La Strada no es una película de amor, aun cuando Zampanó solloce junto al mar su soledad profunda, aun cuando ella le proponga ser su mujer. Por eso, es imposible ver el final sin sentir un poso de amargura, porque no hablamos de amor. Hay algo más profundo, triste y enigmático en ese vínculo entre el bárbaro y la joven. Es el hecho de que todos acabamos por convertirnos y amar lo que nos rodea simplemente por ser nuestro único asidero, por ser lo único que conocemos y esperamos. Es el miedo, la dependencia, la resignación, la evasión en la infancia, la autoestima pisoteada por años ilusiones fallidas. Y también una forma persistente de esperanza vive ahí, ahí donde con torpeza invocamos el rostro libre del amor, donde podemos palpar el sentido de la palabra lealtad. Gelsomina es todo eso y también el rostro de una Italia alegre que sucumbió al fascismo, de una Italia vendida, llevada de un lugar a otro por una carretera que no iba a ninguna parte, una Italia de sueños que devinieron locura.

Con rostro de payaso, Gelsomina duerme, acurrucada, sola en medio del invierno. No volveremos a verla jamás. A lo sumo podremos oír, como el bruto Zampanó, detrás de una alambrada, el eco de su inocente melodía en cualquier labio.





miércoles, 17 de diciembre de 2008

Él sabe


Él sabe que es miércoles y llueve. Que a veces se inundan todos los rincones de Los Angeles y otras veces la ciudad inmensa parece un desierto.
Sabe que hay alguien lejos que lo vive con alborozo y miedo. Que a veces se llena de ilusión y otras se esconde en su cama. Sabe que es fuerte a veces y que a menudo se siente desvalida.
Sabe que la apremian los plazos, el desamor, las facturas. Sabe que a veces se hunde al pensar en su propia carne.
Pero sobre todo, sabe que ella lo quiere aunque no sepa muy bien qué nombre ponerle. Y sabe que él mismo la quiere de la misma confusa manera. ¿Lo sabe, lo intuye? Tal vez se equivoque. Pero eso no entra en sus planes. Es miércoles, llueve y pensar en ella despierta lo mejor de su espejo.
Mira hacia atrás y de repente el pasado le parece un continuo de pisadas que conducen a ella. Dónde el azar, dónde el destino.
Mira al presente y es capaz de verla en su espacio. Debatiendo contra sí misma, anulando sus hidras internas. Comprende sus tiempos y sus dudas. La besa en su silencio.
No mira al futuro, no importa. Es miércoles y llueve: él sabe.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Óleo de mujer sin sombrero


La luz se va abriendo en el cuarto, despaciosamente. Entre mis brazos tengo a la mujer que Chagall pintó un día, esa mujer vestida de negro voladora de un beso. Saltó desde su ventana a mi lecho. Acuden a mi mente los versos de Silvio:"Una mujer se ha perdido conocer el delirio y el polvo, se ha perdido esta bella locura, su breve cintura debajo de mí". Resulta casi imposible creerlo: desde el lienzo donde estaba mirándola absorto cada día, desde el muro en que me iba obsesionando cada día, ha saltado directamente a mi cama, desnuda, embriagadora. No podía ser posible y ya lo ha sido. Ahora toco su cuerpo, la acaricio indefinidamente, como tratando de convencer los ojos a través del tacto. Dibujo letras en su larga espalda, imagino constelaciones siguiendo los diminutos lunares de su pecho.

"Veo una luz que vacila y promete dejarnos a oscuras. Veo un perro ladrando a la luna con otra figura que recuerda a mí". Tal vez sea yo mismo ese amante cuya cabeza gira, loca, buscando el beso, cuyo ramo aparecía en las manos de una chica soñadora. O tal vez no. Tal vez he robado esta mujer de carne y hueso imposible a ese otro amante roto que busca una ausencia con sus labios en el muro de enfrente.

La mañana llega, el día está nublado y llueve. "Una mujer innombrable huye como una gaviota" después del desayuno. No se deja besar en la boca, se viste apresuradamente y llora frágil en la esquina de mi cama, como esas chicas de Hopper que leen quién sabe qué triste noticia en una carta secreta. Ato a mi amante a mi presencia, la convoco tratando de encontrar a Silvio en mi teclado. "Que me tenga cuidado el amor", le canto "que le puedo cantar su canción".

De repente he perdido el miedo. "Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí". Esa es mi certeza y mi divisa. El tiempo nos dejó solos y no ha vuelto. No me importa ni el pasado, ni me amedrenta el futuro. No trato de ponerle nombre ni a mi amada ni a este vínculo de acero y humo.

Le preparo el desayuno, casi del mismo modo que en el lienzo. Y anuncia su propósito de marcharse. Y ella se va, no como los sueños, sino como un cuerpo real en su vehículo mal estacionado junto a mi puerta. Su torpeza me hace sonreír, lentamente.

Allí está. Aquí la beso. Allá se fue.

Cierro la puerta, aturdido, feliz y triste. El viento se despierta airado. Surge, como por ensalmo, un huracán en torno a mi casa, un torbellino que derriba las sillas de mi jardín, que bate los toldos de mi entrada. Las puertas se dan de bruces, buscando a esa mujer de Chagall que por una noche me hizo suyo y fue mía. Los muebles de mi casa me preguntan perturbados, locos: no saben que ella se ha marchado de nuevo a un nuevo lienzo imposible de encontrar. No saben lo que yo sé.

Trato de encender la luz, pero el viento ha afectado el tendido eléctrico. Todo me parece un sueño, una invención escrita para la mera ficción. Sólo yo sé que no ha sido un sueño, como esos músicos que interpretan su mejor pieza en compañía de nadie. Quién podrá creer en los milagros. Parece casi escrito por García Márquez: la chica que se va y deja en el lugar de su ausencia un cataclismo. Pero así es y los ruidos ensordecen la casa.

Trato vanamente de consolarme. Qué bien me hace por vez primera añorarla, pienso. Sin embargo, corrompiéndome al centro del miedo, yo, que no soy bueno, me pongo a llorar.

El sueño me invade al mismo tiempo que una enorme y profunda tristeza se derriba en mis ojos, irrefrenable. Descubro que al principio lloraba por mí, y ahora lloro por verla sufrir en algún lugar de esta ciudad de Los Angeles. Mi mirada se detiene fija. No soy capaz de contenerme. Sobre mi cama, descansa un sombrero.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Nubes


Siempre me encantó la imagen de la nube. En su esencia está todo lo fundamental: el cambio, el tiempo, la disolución y la aceptación de ésta. Al mirarlas siempre recuerdo las reflexiones de Azorín y ese hermoso cuento suyo en el que Calisto envejece junto a Melibea.

Tal vez por ello, he acudido de nuevo a la bella canción "Clouds" de Joni Mitchell. Aunque la canción es tonal (re mayor si mal no recuerdo), la orquestación gira de manera impresionista como expresión de la inestabilidad de la vida y del amor. Aquí tenéis el vídeo: podéis verlo mientras leéis la letra en español. http://www.youtube.com/watch?v=Ne20KHNUB9c&hl=es


Como hileras y témpanos de cabellos de ángel,
como castillos de helado en el aire;
como cañones de pluma en todas partes.
Veía las nubes de ese modo.

Pero ahora no hacen más que tapar el sol;
Llueven y nievan sobre toda la gente.
Hay tantas cosas que habría podido hacer,
pero las nubes se interpusieron.

Ahora he mirado las nubes desde ambos lados
de arriba a abajo,
y, de algún modo, todavía
son sólo ilusiones de nubes las que recuerdo.
En realidad, yo no sé nada de las nubes.

Lunas y junios y norias en el ferry;
ese mareo danzante que sientes
mientras el cuento de hadas se va haciendo realidad.
Veía el amor de ese modo.

Pero ahora, no es más que otro show.
Le dejas riendo mientras te alejas,
y, si te importa, no dejes que lo sepan;
no te lo permitas…

Ahora he mirado ese amor desde ambos lados,
desde el dar y desde el recibir
y, de algún modo, todavía
son sólo ilusiones de amor las que recuerdo.
En realidad, yo no sé nada del amor.

Lágrimas y miedo; y sentirse orgulloso
de gritar a pleno pulmón “te amo”;
sueños y planes y el circo de la multitud.
Veía la vida de ese modo.

Pero ahora, los viejos amigos actúan de un modo extraño,
agitan sus cabezas y me dicen que he cambiado;
bueno, algo se pierde y algo se consigue
al vivir cada día.

Ahora he visto la vida desde ambos lados,
desde lo perdido y lo ganado
y, de algún modo, todavía
son sólo ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad, yo no sé nada de la vida.
Son las ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad...
En realidad, yo no sé nada de la vida.