
Mucho se ha hablado de mí sin conocerme. He escuchado (padecido) todo tipo de interpretaciones, desde las que me cosificaban como un mero bolígrafo, hasta las que me atribuían un alto calado simbólico (rayano en la utopía) o incluso una dimensión política (los desaparecidos). Aunque parte de mí se vanaglorie de tantas miradas y lecturas, ahora que me encuentro al final de mis días siento la nostalgia de una mirada auténtica que sepa contemplarme tal y como realmente soy. Creo que ha llegado la hora de que mi voz, la del unicornio azul, se haga escuchar.
Agradezco mucho la fama que mi querido Silvio me ha dado y no pretendo parecer desagradecido. Sin embargo, ya me pesa esa fama sin cuerpo que se me ha atribuido.
Para comenzar, he de señalar algo presumiblemente obvio: existo. Tengo tacto, olor, largas patas fibrosas y acostumbro a trotar por las praderas. Me alimento de lo que puedo, tengo mis necesidades biológicas como cualquier ser vivo. Además, no soy el único en mi especie, puesto que hay más unicornios por ahí escondidos en su rincón de olvido. Si nadie más nos ve es porque el humano no sabe mirar. He de aclarar, para decepción de algunos, que no soy azul. Azul era mi color favorito, como el de Victor Hugo o Darío, y esa es toda explicación, por la que Silvio me reconoce de este modo. Eso y el hecho de que, según me aseguró, a la debida distancia, mis crines se veían de un gris azulado. Nada que ver con la realidad pragmática, pues.
Para comenzar, he de señalar algo presumiblemente obvio: existo. Tengo tacto, olor, largas patas fibrosas y acostumbro a trotar por las praderas. Me alimento de lo que puedo, tengo mis necesidades biológicas como cualquier ser vivo. Además, no soy el único en mi especie, puesto que hay más unicornios por ahí escondidos en su rincón de olvido. Si nadie más nos ve es porque el humano no sabe mirar. He de aclarar, para decepción de algunos, que no soy azul. Azul era mi color favorito, como el de Victor Hugo o Darío, y esa es toda explicación, por la que Silvio me reconoce de este modo. Eso y el hecho de que, según me aseguró, a la debida distancia, mis crines se veían de un gris azulado. Nada que ver con la realidad pragmática, pues.
A Silvio lo conocí en las horas de un romance triste que sufrí por algún tiempo. Cada tarde venía al lugar donde acostumbraba a beber. Allí, al borde del río, escuchaba sus canciones y ofrecía mi particular crítica musical, mediante un cabeceo o un simple movimiento de mis patas. Fue indudablemente hermoso aquel tiempo. Silvio me conmovía en lo más profundo. En ocasiones sus letras se me quedaban grabadas durante días, avivando mi contumaz nostalgia. Fue así que un día decidí romper con esa rutina dolorosa. Poco antes de su esperada venida, me marché y no volví la vista atrás.
Una vez explicado esto, merece la pena señalar que mi intención no fue abandonar, ni escaparme de nadie. Nací libre como todo unicornio y es para nosotros un sinsentido esa noción de pertenencia a un lugar o a una persona concreta. No somos cosas, ni animales. Tampoco pretendemos ser personas. Simplemente habitamos el mundo, buscamos nuestro reino. A veces, como al principito, conocemos a alguien que nos hace detenernos por un tiempo. Pero cierta sabiduría antigua nos predispone a la marcha. Nuestro cuerno asiente al ritmo de una melodía dulce, dejamos que alguien cabalgue sobre nuestro lomo o nos dejamos acariciar las crines. Eso es todo. Un día, sin saber por qué, nos vamos. O tal vez lo contrario: nos vamos porque sabemos lo que vendrá a continuación. La domesticación, la manipulación, la deslealtad, el olvido. Por eso nos vamos, cuando aún podemos ser soñados y queridos. Nunca decimos adiós y aunque sentimos una inmensa presión en el pecho, jamás somos capaces de llorar.
Luego vienen los músicos, las doncellas hermosas, y nos buscan en las fuentes, en los lagos. Y no nos encuentran nunca. No saben que estamos el tiempo suficiente como para permanecer en su memoria y nada más. Si nos hablaran de amor, lo entenderíamos mejor que nadie, porque el amor es libre como nosotros y, aunque nos vamos, nuestro cuerno es leal a su memoria.
Escribo todo esto, mientras cuento las horas que me quedan por recorrer los prados. Tal vez no tengo mucho tiempo... Me siento cansado y viejo. Pienso en lo hermoso que hubiera sido haber encontrado un humano leal que me hubiera forzado a quedarme. No lo hay, ni lo hubo. Paradoja triste ser buscado por quienes no son capaces de permanecer en una misma emoción. Pienso en Silvio, en mis doncellas hermosas y me voy adormeciendo lentamente, en medio de una niebla tan triste y tan dulce como lo es el amor.




