sábado, 8 de noviembre de 2008

Teoría de la indefensión


"Amar es dar lo que no se tiene a quien no es"
J. Lacan


Tipo curioso Lacan. Con su puro en la mano derecha, su espantosa corbata, su retórica de predicador y su rostro ceniciento. Tipo curioso. Curioso y retorcido, pero sin duda interesante.
Mientras regresaba a casa en uno de mis paseos nocturnos y desolados he dado en pensar de nuevo en él. Expondré brevemente aquello que de su teoría más me interesa. Tened paciencia, porque os aseguro que da qué pensar.

Para Jacques Lacan, la imagen de nosotros mismos (el yo) se construye a partir de la mirada del Otro. En un estadio inicial el niño no es capaz de reconocer su individualidad: es uno con la madre. Pero ese estadio de unidad ilusoria es tempranamente frustrada. A partir de entonces, el niño se sabrá como algo distinto, como un enigma que está separado de los demás. Puesto que su interior es un inmenso interrogante, no le queda más remedio que deducir de la mirada ajena aquello que es. Quizá de aquí derive una de las grandes cualidades del amor: en que la mirada del otro nos construye como aquellos que quisiéramos ser. O como escribí una vez:

Un día fuimos más de lo que somos
Más que ceniza, más que tiempo
Préstamo de belleza
que tú y yo hemos perdido para siempre

Así pues somos resultados del Otro. Lacan pone el ejemplo del lenguaje. Siguiendo el estructuralismo, el significado no es algo concreto, vinculado de manera natural con el significante, sino que existe por mera diferencia con respecto a los demás significados del sistema. La forma brisa puede existir porque es diferente a prisa y cada uno de sus respectivos contenidos por el hecho de que difieren. Sabemos lo que una palabra significa porque en el continuo de una lengua esa parte ha sido cortada, troquelada como una forma de ausencia, con un signo menos al lado de todo lo circundante. Es un espacio entre Otros. De la misma manera que la pieza de un puzzle, la palabra y el hombre no son más que un espacio entre las demás piezas que lo rodean. Terrible conclusión: no somos sino aquello que no somos, o añadiendo la moraleja de un buen amigo: también somos lo que los demás hicieron de nosotros o aquello que nos dejaron ser.

De aquí se deduce la primera de las tragedias humanas: el ser humano concreto nunca podrá saber lo que es ni quién es (mucho menos conocer su significado); sólo sabrá que es trágicamente diferente, trágicamente uno y limitado, trágicamente solo.

Sin embargo, para Lacan existe otra tragedia añadida. Anclado en la memoria feliz de la unidad con la madre, ese niño siempre anhelará esa sensación de plenitud. Buscará ese retorno al seno materno, a ese Paraíso Perdido, a través del goce (el sexo) o a través de la sublimación amorosa, pero este deseo jamás se verá cumplido por dos motivos: en primer lugar, porque dichas manifestaciones no son sino metáforas, transposiciones de aquel primigenio deseo, y no pueden reemplazar esa sed del inconsciente y, en segundo lugar, porque, aunque el deseo real aflorara a la consciencia, este anhelo sería desnaturalizado e inviable.

De ahí procede la definición lacaniana del amor: "Amar es dar lo no se tiene a quien no es". El amor es una metáfora que remite a otra metáfora (en una cadena indefinida de imágenes que cubren el deseo original) producido por alguien cuya identidad es sólo una sombra que nace de todo lo que se ha proyectado sobre él, como negación de la luz que sólo ve en el Otro.

Dicho esto, doy en pensar que quizá el dolor funcione del mismo modo que el placer y el lenguaje. La condición imprescindible para que el auténtico dolor tome una forma perdurable es la indefensión (para mayor perspectiva cf. indefesión aprendida, Overmier & Seligman y Seligman & Maier). En última instancia, no es muy distinto el sentimiento del padre que pierde al hijo inesperadamente, del marido que es abandonado por la esposa o de una chica apaleada en un barrio marginal. El único elemento común de las experiencias traumáticas, lo que doy en llamar dolor, es la vivencia de la indefensión. No es la pérdida realmente lo más terrible de la vivencia dolorosa: es su aparente inexplicabilidad lo que marca la consciencia del sujeto hasta permear el inconsciente. El hijo "no tenía que morir", la esposa amante "no puede" haber dejado de amar, la joven "no tendría" por qué ser maltratada. Son sucesos que "no pudieron ser posibles", que "no debieron ser" y rompen el conjunto lógico de un sistema (que, como dice Lacan, funciona como un lenguaje).

¿Qué es lo que sucede con la vivencia traumática? Se desarrolla de manera análoga a una enorme hemorragia. Al no abandonar su sistema lógico de respuestas, el sujeto está despierto contemplando su herida, está activo preguntando "por qué", "por qué a mí" con los ojos abiertos a lo inexplicable. Está aferrado a una lucha perdida de antemano. Tras el padecimiento no sólo físico y psicológico (el dolor es físico, su contemplación produce el psicológico), aparece la gangrena (la pregunta por qué cesa) y finalmente la amputación de un bien privado. Al dolor sucede la memoria del dolor y, agazado detrás del recuerdo, espera la reconstrucción del individuo.
Sin embargo, hasta que esa reconstrucción comienza, el sujeto toma la forma opresiva de la resignación. Ha arrancado algo vital de sí y, aunque por un tiempo mantenga la sensación de permanencia o falta de ese miembro, finalmente alcanza el estado final en donde queda un forma perenne de olvido, un tachadura, una zona vacía, una nueva construcción del individuo en torno a la pérdida: una forma de desesperanza. Obviamente la visión perdida que venía del Otro, la mirada del agresor (en los casos de una situación de violencia), esas fuerzas han destruido todo el edificio del Yo que se sustentaba débilmente en una proyección aprendida. Al hundirse un elemento de este sistema, todo el conjunto se ve modificado. El sujeto ya no podrá volver al todo que fue, habrá de crear algo nuevo casi desde cero a partir de un nuevo Otro (el yo que fracasó, que perdió parte de su completud, o bien fue violentado). La sensación de fractura ahora ya no es del niño para con la madre, es del Yo que fue al nuevo Yo. La mirada del Otro pasa a ser encarnada por la memoria de la indefensión y por una inversión o neutralización de los valores que sustentaban el anterior sistema. El sujeto toma nota del fallo, se dice a sí mismo: si esto no funcionó, no volveré a intentarlo, buscando lo nuevo o enterrando de plano todo lo viejo. Se compara con aquel que fue. Aquel interrogante lacaniano muere al despertar a su negación. Se elabora un nuevo sujeto que se niega a sí mismo.
Por ello, es común que tras este tipo de vivencias el individuo haga puzzles, piense en el suicidio (toda una sublimación del deseo de reinicio), reelabore su biografía desde la perspectiva central del miembro amputado (la vivencia o la esperanza de la perdurabilidad, del amor, de la justicia), e intente ser Otro, puesto que ya no puede ser Yo.

Ya sabemos lo que ocurre a la víctima con su identidad. Un día, el signo de la infensión que articuló el nuevo sistema se volatiliza, dejando Nada. La muerte, la pérdida, la herida desaparecen por donde aparecieron dejando solo una mayor conciencia de la fragilidad. Su misión era incubar el veneno de un cambio: una vez producido, vuelve a su inexistencia, a su injustificación, a su vacío.

Pero ¿qué ocurre con lo perdido, con aquello que originó aquel estado? El nuevo sistema se crea específicamente para aislarlos. Pervivirán en la forma de lo Otro, como un molde terrible e imperecedero, como un camino tapiado que no se volverá a cruzar hasta nadie sabe cuándo. Lo Perdido queda encerrado en el hueco vacío, como un fantasma imperceptible en el lugar del miembro amputado, prisionero en el significado de una palabra sin nombre a la que no podrá acceder, indefenso ante el rencor de ese individuo nuevo que quedó marcado para siempre.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Teoría de la indefensión (II)

Hasta aquí hablé de la indefensión como origen del dolor, pero también como un proceso que entraba en la sombra y amanecía a otra forma de vida. Pero ¿qué sucede si el sistema no se recompone, si no se recupera la esperanza?
Sucede lo que Bucay tan genialmente contaba en su cuento del elefante encadenado. Ojalá os guste.

El elefante encadenado

Cuando yo era pequeño me encantaban los circos,y lo que más me gustaba de ellos eran los animales.Me llamaba especialmente la atención el elefante que,como más tarde supe era también el animal preferido de otros niños.Durente la función,la enorme bestía hacía gala de un tamaño,un peso y una fuerza descomunales...Pero despuésde la actuación y hasta poco antes de volver al escenario,el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba sus patas.
Sin embargo,la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo.Y aunque la madera era gruesa y poderosa,me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza,podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.El misterio sigue pareciéndome evidente.¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye?.Cuando era niño,yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores.
Pregunté entonces por el misterio del elefante... Alguno de ellos me explicó que el elefante no huía porque estaba amaestrado.Hice entonces la pregunta obvia:"Si está amaestrado,¿por qué lo encadenan?". No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.Con el tiempo,me olvidé del misterio del elefante y la estaca...
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí,alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:"El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy,muy pequeño".Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que,en aquel momento el elefantito empujó,tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos,no lo consiguió,porque aquella estaca era demasiado dura para él. Imaginé que se dormía agotado y al día siguiente lo volvía a intentar,y al otro día y al otro...Hasta que,un día,un día terrible para su historia,el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa,porque,pobre,cree que no puede.Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.Jamás,jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza.
Todos somos un poco como el elefante del circo:vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad.Vivimos pensando que "no podemos" hacer montones de cosas,simplemente porque una vez,hace tiempo lo intentamos y no lo conseguimos.Hicimos entonces lo mismo que el elefante,y grabamos en nuestra memoria este mensaje:No puedo,no puedo y nunca podré.Hemos crecido llevando este mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.Cuando,a veces,sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas,miramos de reojo la estaca y pensamos:"No puedo y nunca podré".Ésto es lo que te pasa,vives condicionado por el recuerdo de una persona que ya no existe en tí,que no pudo.Tu única manera de saber si puedes es intentarlo de nuevo poniendo en ello todo tu corazón...¡¡¡Todo tu corazón!!!.
JORGE BUCAY

domingo, 2 de noviembre de 2008

La nave de los locos


¿Qué misterio encierra la locura? ¿En qué lugar de nuestra mente ilumina la locura al genio o produce monstruos? Para tales cuestiones las psiquiatría convencional o la psicocrítica tendría sus espléndidas explicaciones. Siempre encontraríamos al Doctor Freud señalando al inconsciente, subrayando la neurosis del artista y su pulsión sexual aflorada desde el sueño a la obra de arte; o a Frye con sus hermosos dibujitos estacionales. Lamentándolo mucho, no participo de su desmedida interpretación interpretativa. El psicoanálisis tiene algo de tentativa adolescente de liberación. Esa preocupación falocéntrica, esa desmedida pretensión de seriedad, ese ditirambo en pos del inconsciente me resultan al día de hoy francamente insoportables. Quizá porque, instalado en el principio de realidad, todo se percibe de otro modo.


Para empezar, esa aseveración de que el artista sea obligatoriamente un neurótico contumaz requiere de cierta matización. No es sólo que éste sea neurótico, sino que con toda seguridad todos lo somos de alguna manera. La diferencia ni siquiera es de grados, cantidades. El escritor no es más neurótico que cualquiera de nosotros, no tiene dos galones de locura más que cualquier ciudadano anónimo. Hay mucho loco suelto que no tiene un solo gramo de genialidad. La cuestión del artista es sólo una cuestión de domicilios. El artista o el poeta decide vivir en la nave de los locos. En muchos casos el artista muy bien podría tomar otro rumbo, podría aceptar otro tipo de vida, podría obviar esa fragmentación lacaniana, vestir con corbata e ir al Downtown y echarle tierra a un mundo de dudas con una vida cómoda. ¿Por qué no lo hace, pues? ¿Por qué se embarca en la nave de los locos? La realidad es una cuestión de hambre. El artista tiene hambre de absoluto, hambre desmedida, voraz como Saturno. Y es su voracidad tan grande que ha de alimentarse no sólo de realidades, sino de posibilidades, de sombras, de incertidumbres. Y es por eso que explora las regiones más oscuras, fanático submarinista entre algas. Tal vez haya que buscar esta condición hambrienta en la educación recibida en los primeros años formativos.


Sin duda, hay numerosos ejemplos de verdaderos locos, cuya vida concluye en medio del horror de los estupefacientes, las drogas o el suicidio. Su explicación es simple: el artista cuando crea su mundo, en ocasiones no quiere o no puede salir salir (porque ha nadado demasiado hondo, se ha enredado entre algas). Ese proceso de introversión dolorosa ha devenido vicio o incapacidad para la extroversión. El artista se vuelve a sí mismo un inadaptado, por medio de una regresión voluntaria se ha instalado en su vida de niño y ya no puede salir. En algunos casos ese aislamiento no es voluntario (véase Goya o Beethoven). En otros, simplemente nos hallamos ante una proyección frustrada hacia la sociedad o una soledad enferma.


Pero del mismo modo que hay artistas atrapados en sí mismo, los hay que saben entrar y salir de sí mismos y comprenden que el arte es sólo una habitación en la vida. De ellos no se habla tanto, por la simple razón de que su biografía no es comercial y su expresión no es desgarrada. Valga el ejemplo de Haydn, cuya mayor defecto, según un crítico, "fue ser feliz".


El budismo zen tendría mucho que decir al respecto de la enfermedad del artista. Según esta concepción, es ese yo inflado el que produce el dolor. El yo se ha llenado tanto de sí mismo que n es capaz de tolerarlo. Necesita abrirse hacia fuera. Necesita convertir su conciencia no en una cárcel, sino en un parque al aire libre. Este enclaustramiento enfermizo se produce en el artista, por supuesto, pero igualmente en cualquiera que haya insuflado su espíritu de altas metas, sea hombre de negocios o deportista de elite.


Es la obsesión de una vida mejor lo que conduce a la locura y no la realidad. Vaciar los sueños, meterle tierra a ese globo aerostático que flotaba en el cielo de nuestra infancia pueden ser los únicos remedios.


Tampoco converjo en aquello de que los sueños tengan una interpretación genérica y, mucho menos, que sean manifestaciones por defecto de una sexualidad reprimida. Junto a los códigos que regulan la sociedad hay símbolos personales, individuales como una metáfora. Ese código absolutamente personal es un acto de creación. El color rojo de mis sueños, no es el color rojo de cualquier otra persona. Quizá coincidamos si ambos nos remitimos al código social, pero no si articulamos el símbolo como imagen de una experiencia o un contenido íntimos. Las cosas no son las cosas sino lo que sentimos de ellas: esa es la realidad de la poesía y también de los sueños, de cuyo reina tal vez proceda toda la imaginería del arte.


Reducir el sueño a la sexualidad es otro de los funestos hábitos del psicoanálisis. Sin duda, se trata de un factor extremadamente poderos, pero no minusvaloremos aspectos mucho más inmediatos: la aceptación social, el miedo a la pérdida, la necesidad en su forma más dura, la incertidumbre sobre el sentido de nuestros actos, la frustración de expectativas individuales. Quien se ve diariamente rechazado, o ve que su padre se le muere, o pasa por una necesidad biológica (hambre) o debilidad física, o se siente perdido o fracasado, dudo que piense en la duodécima castración del falo en si menor. La obsesión sexual es propia de quien tiene mucho de su vida resuelto y no tiene problemas más graves con que fantasear.


No sólo de artistas vive la locura. Así vemos la nave de los locos no sólo llenos de poetas que cantan versos octosílabos (como en el poema original de Sebastian Brandt), sino de todos nosotros, de todas la ilusiones de niño que no supimos convertir en realidad.




sábado, 1 de noviembre de 2008

La caja de Pandora



Tenían razón quienes me decían: allá en Los Angeles vas a echar de menos tu colección de música. Melómano contumaz, ya en aquellos días era incapaz de dar cuerda al corazón o al tiempo sin un fondo de pianos, guitarras o violines (según las ocasiones). Durante un mes, pude sobrevivir gracias a la tecnología: los favores de mi recién estrenado Yamaha y una buena selección en mi mp4 podrían ser suficiente. Pero no lo fueron por mucho tiempo. Es ahora cuando descubro, gracias a los consejos de mi amigo James, las posibilidades en internet de Pandora Radio.


No es mi intención caer en la propaganda. Si traigo a colación esta vía de conocimiento musical es porque su perspicaz sentido asociativo provoca en mí ciertas reflexiones. No es ya que todo usuario pueda escuchar de manera gratuita los artistas o el género de música que quiera, sino que, al contrario, lo conduce expresamente hacia aquellos artistas o géneros que no conocía. Pandora funciona mediante el procedimiento de la frustración positiva, con un lenguaje exageradamente educado ofrece sistemáticamente no aquello que quieres sino aquello que podrías querer y aún no lo sabías. Tecleando el nombre de tu artista favorito, inmediatamente la página te ofrece sistemáticamente cualquier otro artista, pero con ciertas semejanzas de sonido. Actúa en los límites del gusto del oyente para ampliar su espectro musical. Su funcionamiento es, pues, didáctico, posmoderno y siempre amplificador. Dejando a un lado las manipulaciones mercantiles que con toda seguridad esconde, los efectos en primera instancia son realmente positivos.


Si pudiera hacerse esto mismo con la literatura, con todo que amamos y queremos compartir. Si pudiera hacerse esto mismo con nuestra propia vida.


Cuántas veces hemos dudado en la vida entre dos extremos: la del auriga ciego que sigue un camino sin desviarse jamás o la del pez que se deja llevar por la corriente. Cuántas veces la vida nos llevó adonde no queríamos y vivimos lo mejor de nuestra vida. Cuántas veces cediste tu voluntad al azar o al mundo para descubrir algo más tarde que habías traicionado lo mejor de ti una vez más. Y siempre, de nuevo, la duda. Qué es mejor: aferrarse a la falacia del autocontrol o perderse en la maraña de los otros.


Quizá no haya mejor respuesta que una lucidez vigilante. Abrir con cuidado la caja de Pandora, del desorden, del caos y de la libertad para no dejar de crecer nunca.





Mi niña Buika


Su manera de expresarse, lúcida y simple, no pasó desapercibida. Y sin embargo, no hubo medio alguno que se hiciera eco de algunas de sus más brillantes palabras:

¿Amar? A mí nunca se me hunde el amor. Sólo se hunden los barcos que están mal hechos. Y en cualquier caso, el fondo del mar está lleno de hermosos naufragios.
Así lo dijo Concha Buika con esa sonrisa suya, inocente, contagiosa y profunda, nacida de una hermosa pureza de alma. Ahí quedaron sus palabras, cosidas en cada una de las prendas de mi casa, cosidas a mis ojos que miraban vacilantes el futuro durante algunos años.

La niña Buika no supo cómo había dejado grabada su mensaje. Siguió viviendo su existencia intensa. Su sabiduría simple fue haciéndose compleja (trifásica, tripolar y tridimensional). Miró el amor desde todas las cumbres, sin importarle prejuicios ni señales. Siguió dándose, insensata loca, de bruces contra todos los muebles del desamor, se le cayeron encima los aparadores del alba sobre su garganta de raso. Todos salimos ganando junto a ella, junto a cada una de sus muertes de amor resucitadas.

Pero el tiempo pasa, con permiso de Pablo Milanés, y mientras escucho "Volverás", descubro sorprendido cómo han ido soltándose aquellas viejas costuras. Ya no hay cosidas frases redondas para un futuro perfecto de indicativo. Ni hay confianza en el fondo del mar. No creo que se hunda tan sólo los barcos que estén mal hechos, porque en realidad todo está mal hecho, incluso aquellos barcos que, nacidos a la prisa, ocasionalmente flotan unos instantes.

Tampoco creo que pueda hablarse de amor, sino con letras pequeñas, casi como una nota al margen o a pie de página. No hay amor, sino amores, amores que no sólo se hunden sino que se borran, se filtran, se reescriben en letras invisibles, se van y ya no fueron. El amor es un sueño tan dulce como el olvido. Cuando se marcha deja una forma de cicatriz tan parecida a la esperanza que a veces se confunde... y, sin saber ni qué, espera.

Tampoco confío en que el mar esté repleto de viejos tesoros. Tal vez sea que mi niña Concha es capaz de nadar donde mi pecho no sabe, o que profesa la brillante religión de la carne y yo la osamenta del tiempo.

Pero a pesar de toda diferencia, basta que su voz barra como el viento más dulce la casa de mi amor tan viejo para que nos miremos nuevamente a los ojos, para que vuelva a enamorarme de sus palabras, para que me convierta en aliado de sus más duras batallas y entone, quedo, junto a su canción nuestros salmos de amor favoritos.


No eran tan falsas
aquellas mentiras.
Ni tan verderas
tus verdades favoritas.
No fueron tan callados
aquellos silencios.
No fueron tan malos
algunos momentos.


Sí. Quizá sea cierto que el desamor sea el único puente que nos conduce hacia nosotros mismos. A ese lado, al que nunca llegó el grito de Munch, hay un hombre o una mujer, tranquilos. Un chico que escribe un blog y recuerda los barcos de su niña Buika.

viernes, 31 de octubre de 2008

Otoño en Los Angeles

Por fin las hojas de otoño que habían caído de los árboles se han encaramado al cielo, formando nubes tan iguales a hojas que hoy me siento bajo el amparo de dos bosques: uno de tierra y otro de cielo. Las nubes salpican de incertidumbre a ese señor cansado de Don Lorenzo. Y con placer rebelde festejo la quiebra de su universo inmóvil.
Mientras en algún lugar del mundo, al otro lado del océano existe una añoranza de sol entre cortinas de lluvia, yo aquí celebro con vítores y aplausos el declive de este astro implacable como viejo terrateniente. Sean las nubes una mera excusa para dar la bienvenida al paso del tiempo en esta endemoniada ciudad detenida de Los Angeles.

Pero existe otra razón por la que mi espíritu se complace en esta mudanza del azul a la ceniza. La bóveda celeste de mi Cádiz, ese cielo que yo amaba, reflejo de esa limpieza de alma, esa áerea gracia, esa despreocupada preocupación llena de vida, aquí es, en cambio, espejo de una superficialidad socialmente aceptada, de un orden preestablecido, puritano y aparente, frío, un garabato simple hecho por un niño con una sola tiza.

Hoy es Halloween en Estados Unidos. Hoy jóvenes y adultos juegan a ser lo que no son, en una fantasmagoría grotesca mezclada con el espíritu del Carnaval. Sin insurreción, por supuesto, porque ese cielo monocromo no puede ser manchado de tormentas, ideas, libertad o sueños que no vivan en una casa con jardín y automóvil en el porche.

Venzan las nubes esta vez. Llueva. Hágase consciente el cielo de su farsa. Mójense estos angelitos de cara pintada con un llanto puro. Hágase, pues, el otoño en Los Ángeles