
"Amar es dar lo que no se tiene a quien no es"
J. Lacan
Tipo curioso Lacan. Con su puro en la mano derecha, su espantosa corbata, su retórica de predicador y su rostro ceniciento. Tipo curioso. Curioso y retorcido, pero sin duda interesante.
Mientras regresaba a casa en uno de mis paseos nocturnos y desolados he dado en pensar de nuevo en él. Expondré brevemente aquello que de su teoría más me interesa. Tened paciencia, porque os aseguro que da qué pensar.
Para Jacques Lacan, la imagen de nosotros mismos (el yo) se construye a partir de la mirada del Otro. En un estadio inicial el niño no es capaz de reconocer su individualidad: es uno con la madre. Pero ese estadio de unidad ilusoria es tempranamente frustrada. A partir de entonces, el niño se sabrá como algo distinto, como un enigma que está separado de los demás. Puesto que su interior es un inmenso interrogante, no le queda más remedio que deducir de la mirada ajena aquello que es. Quizá de aquí derive una de las grandes cualidades del amor: en que la mirada del otro nos construye como aquellos que quisiéramos ser. O como escribí una vez:
Un día fuimos más de lo que somos
Más que ceniza, más que tiempo
Préstamo de belleza
que tú y yo hemos perdido para siempre
Así pues somos resultados del Otro. Lacan pone el ejemplo del lenguaje. Siguiendo el estructuralismo, el significado no es algo concreto, vinculado de manera natural con el significante, sino que existe por mera diferencia con respecto a los demás significados del sistema. La forma brisa puede existir porque es diferente a prisa y cada uno de sus respectivos contenidos por el hecho de que difieren. Sabemos lo que una palabra significa porque en el continuo de una lengua esa parte ha sido cortada, troquelada como una forma de ausencia, con un signo menos al lado de todo lo circundante. Es un espacio entre Otros. De la misma manera que la pieza de un puzzle, la palabra y el hombre no son más que un espacio entre las demás piezas que lo rodean. Terrible conclusión: no somos sino aquello que no somos, o añadiendo la moraleja de un buen amigo: también somos lo que los demás hicieron de nosotros o aquello que nos dejaron ser.
De aquí se deduce la primera de las tragedias humanas: el ser humano concreto nunca podrá saber lo que es ni quién es (mucho menos conocer su significado); sólo sabrá que es trágicamente diferente, trágicamente uno y limitado, trágicamente solo.
Sin embargo, para Lacan existe otra tragedia añadida. Anclado en la memoria feliz de la unidad con la madre, ese niño siempre anhelará esa sensación de plenitud. Buscará ese retorno al seno materno, a ese Paraíso Perdido, a través del goce (el sexo) o a través de la sublimación amorosa, pero este deseo jamás se verá cumplido por dos motivos: en primer lugar, porque dichas manifestaciones no son sino metáforas, transposiciones de aquel primigenio deseo, y no pueden reemplazar esa sed del inconsciente y, en segundo lugar, porque, aunque el deseo real aflorara a la consciencia, este anhelo sería desnaturalizado e inviable.
De ahí procede la definición lacaniana del amor: "Amar es dar lo no se tiene a quien no es". El amor es una metáfora que remite a otra metáfora (en una cadena indefinida de imágenes que cubren el deseo original) producido por alguien cuya identidad es sólo una sombra que nace de todo lo que se ha proyectado sobre él, como negación de la luz que sólo ve en el Otro.
Dicho esto, doy en pensar que quizá el dolor funcione del mismo modo que el placer y el lenguaje. La condición imprescindible para que el auténtico dolor tome una forma perdurable es la indefensión (para mayor perspectiva cf. indefesión aprendida, Overmier & Seligman y Seligman & Maier). En última instancia, no es muy distinto el sentimiento del padre que pierde al hijo inesperadamente, del marido que es abandonado por la esposa o de una chica apaleada en un barrio marginal. El único elemento común de las experiencias traumáticas, lo que doy en llamar dolor, es la vivencia de la indefensión. No es la pérdida realmente lo más terrible de la vivencia dolorosa: es su aparente inexplicabilidad lo que marca la consciencia del sujeto hasta permear el inconsciente. El hijo "no tenía que morir", la esposa amante "no puede" haber dejado de amar, la joven "no tendría" por qué ser maltratada. Son sucesos que "no pudieron ser posibles", que "no debieron ser" y rompen el conjunto lógico de un sistema (que, como dice Lacan, funciona como un lenguaje).
¿Qué es lo que sucede con la vivencia traumática? Se desarrolla de manera análoga a una enorme hemorragia. Al no abandonar su sistema lógico de respuestas, el sujeto está despierto contemplando su herida, está activo preguntando "por qué", "por qué a mí" con los ojos abiertos a lo inexplicable. Está aferrado a una lucha perdida de antemano. Tras el padecimiento no sólo físico y psicológico (el dolor es físico, su contemplación produce el psicológico), aparece la gangrena (la pregunta por qué cesa) y finalmente la amputación de un bien privado. Al dolor sucede la memoria del dolor y, agazado detrás del recuerdo, espera la reconstrucción del individuo.
Sin embargo, hasta que esa reconstrucción comienza, el sujeto toma la forma opresiva de la resignación. Ha arrancado algo vital de sí y, aunque por un tiempo mantenga la sensación de permanencia o falta de ese miembro, finalmente alcanza el estado final en donde queda un forma perenne de olvido, un tachadura, una zona vacía, una nueva construcción del individuo en torno a la pérdida: una forma de desesperanza. Obviamente la visión perdida que venía del Otro, la mirada del agresor (en los casos de una situación de violencia), esas fuerzas han destruido todo el edificio del Yo que se sustentaba débilmente en una proyección aprendida. Al hundirse un elemento de este sistema, todo el conjunto se ve modificado. El sujeto ya no podrá volver al todo que fue, habrá de crear algo nuevo casi desde cero a partir de un nuevo Otro (el yo que fracasó, que perdió parte de su completud, o bien fue violentado). La sensación de fractura ahora ya no es del niño para con la madre, es del Yo que fue al nuevo Yo. La mirada del Otro pasa a ser encarnada por la memoria de la indefensión y por una inversión o neutralización de los valores que sustentaban el anterior sistema. El sujeto toma nota del fallo, se dice a sí mismo: si esto no funcionó, no volveré a intentarlo, buscando lo nuevo o enterrando de plano todo lo viejo. Se compara con aquel que fue. Aquel interrogante lacaniano muere al despertar a su negación. Se elabora un nuevo sujeto que se niega a sí mismo.
Por ello, es común que tras este tipo de vivencias el individuo haga puzzles, piense en el suicidio (toda una sublimación del deseo de reinicio), reelabore su biografía desde la perspectiva central del miembro amputado (la vivencia o la esperanza de la perdurabilidad, del amor, de la justicia), e intente ser Otro, puesto que ya no puede ser Yo.
Ya sabemos lo que ocurre a la víctima con su identidad. Un día, el signo de la infensión que articuló el nuevo sistema se volatiliza, dejando Nada. La muerte, la pérdida, la herida desaparecen por donde aparecieron dejando solo una mayor conciencia de la fragilidad. Su misión era incubar el veneno de un cambio: una vez producido, vuelve a su inexistencia, a su injustificación, a su vacío.
Pero ¿qué ocurre con lo perdido, con aquello que originó aquel estado? El nuevo sistema se crea específicamente para aislarlos. Pervivirán en la forma de lo Otro, como un molde terrible e imperecedero, como un camino tapiado que no se volverá a cruzar hasta nadie sabe cuándo. Lo Perdido queda encerrado en el hueco vacío, como un fantasma imperceptible en el lugar del miembro amputado, prisionero en el significado de una palabra sin nombre a la que no podrá acceder, indefenso ante el rencor de ese individuo nuevo que quedó marcado para siempre.
Ya sabemos lo que ocurre a la víctima con su identidad. Un día, el signo de la infensión que articuló el nuevo sistema se volatiliza, dejando Nada. La muerte, la pérdida, la herida desaparecen por donde aparecieron dejando solo una mayor conciencia de la fragilidad. Su misión era incubar el veneno de un cambio: una vez producido, vuelve a su inexistencia, a su injustificación, a su vacío.
Pero ¿qué ocurre con lo perdido, con aquello que originó aquel estado? El nuevo sistema se crea específicamente para aislarlos. Pervivirán en la forma de lo Otro, como un molde terrible e imperecedero, como un camino tapiado que no se volverá a cruzar hasta nadie sabe cuándo. Lo Perdido queda encerrado en el hueco vacío, como un fantasma imperceptible en el lugar del miembro amputado, prisionero en el significado de una palabra sin nombre a la que no podrá acceder, indefenso ante el rencor de ese individuo nuevo que quedó marcado para siempre.


