lunes, 1 de diciembre de 2008

Nubes


Siempre me encantó la imagen de la nube. En su esencia está todo lo fundamental: el cambio, el tiempo, la disolución y la aceptación de ésta. Al mirarlas siempre recuerdo las reflexiones de Azorín y ese hermoso cuento suyo en el que Calisto envejece junto a Melibea.

Tal vez por ello, he acudido de nuevo a la bella canción "Clouds" de Joni Mitchell. Aunque la canción es tonal (re mayor si mal no recuerdo), la orquestación gira de manera impresionista como expresión de la inestabilidad de la vida y del amor. Aquí tenéis el vídeo: podéis verlo mientras leéis la letra en español. http://www.youtube.com/watch?v=Ne20KHNUB9c&hl=es


Como hileras y témpanos de cabellos de ángel,
como castillos de helado en el aire;
como cañones de pluma en todas partes.
Veía las nubes de ese modo.

Pero ahora no hacen más que tapar el sol;
Llueven y nievan sobre toda la gente.
Hay tantas cosas que habría podido hacer,
pero las nubes se interpusieron.

Ahora he mirado las nubes desde ambos lados
de arriba a abajo,
y, de algún modo, todavía
son sólo ilusiones de nubes las que recuerdo.
En realidad, yo no sé nada de las nubes.

Lunas y junios y norias en el ferry;
ese mareo danzante que sientes
mientras el cuento de hadas se va haciendo realidad.
Veía el amor de ese modo.

Pero ahora, no es más que otro show.
Le dejas riendo mientras te alejas,
y, si te importa, no dejes que lo sepan;
no te lo permitas…

Ahora he mirado ese amor desde ambos lados,
desde el dar y desde el recibir
y, de algún modo, todavía
son sólo ilusiones de amor las que recuerdo.
En realidad, yo no sé nada del amor.

Lágrimas y miedo; y sentirse orgulloso
de gritar a pleno pulmón “te amo”;
sueños y planes y el circo de la multitud.
Veía la vida de ese modo.

Pero ahora, los viejos amigos actúan de un modo extraño,
agitan sus cabezas y me dicen que he cambiado;
bueno, algo se pierde y algo se consigue
al vivir cada día.

Ahora he visto la vida desde ambos lados,
desde lo perdido y lo ganado
y, de algún modo, todavía
son sólo ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad, yo no sé nada de la vida.
Son las ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad...
En realidad, yo no sé nada de la vida.

martes, 25 de noviembre de 2008

Los renglones torcidos de Moore


Michael Moore es el rostro visible del nuevo documental. Eso dice la prensa, tal vez movido por la resonancia que en los Estados Unidos ha tenido su figura contestaria. Cabría añadir otros nombres, todos ellos singularizados por un rasgo fundamental: el uso argumentativo del género. El "nuevo documentalista" no ofrece una visión fría, sino que participa como creador de un mundo articulado en torno a una tesis.


Para ello resulta decisiva la combinación de humor y drama, la contraposición de la palabra literal y los datos estadísticos, la mirada retrospectiva y el choque emocional de quienes viven y sufren en primera persona.


Vistas las tres grandes películas de Michael Moore (Bowling for Columbine, Farenheit 9/11 y Sicko), uno percibe ciertas teorías que unifican la visión del director, así como cierta estructura común que desemboca en un climaz dramático. Veamos la teoría que implícitamente reflejan sus films:


  • La teoría del miedo

Sin duda, para Moore el miedo es la causa y motor de muchos de los males de los Estados Unidos. En Bowling for Columbine, Moore se pregunta por qué su país es uno de los que sufre más muertes por arma de fuego. Uno pudiera imaginar que la razón sería simplemente el fácil acceso a las armas. Pero Moore llega más lejos. En un fragmento animado, el director recorre algunos momentos fundamentales de la historia americana: en todos era común el miedo al otro, el pánico feroz que veía enemigos en todas partes. El enemigo podía ser el inglés, el indígena, el negro... Siempre había alguien de quien desconfiar. A diferencia de Canadá, país cazador por antonomasia, Estados Unidos no cazaba animales (más fieles compañeros que antagonistas) sino otros seres humanos. Un miedo patológico mueve a las masas, las mueve contra sí mismas y contra los demás pueblos. Y ese miedo es rentable.



  • La teoría de la manipulación

De la visión de los tres documentales, se saca como conclusión que los gobiernos siempre han manipulado el sentimiento de su pueblo. La competitividad, la ambición, el miedo parecen haber sido inoculados entre los ciudadanos como un virus para que sus gobernantes puedan manipularlos con mayor facilidad. Interesa un pueblo dócil, un pueblo que no sepa de la realidad de otros países, un pueblo embobado tras una televisión pueril y una imagen ficticia. Un pueblo que vaya a los domingos a misa y siempre diga sí con golpes de pecho. Un pueblo en que cada vecino desconfíe del otro e incluso rivalice con el otro. De resultas de eso, se vive con un sistema capitalita alienante y canalla, donde se trata de hacer caja con la salud de las personas (Sicko), con las grandes tragedias humanas (Farenheit 9/11) y la industria armamentística (Bowlin). Esa lucha por la supervivencia en el medio competitivo produce individuos sin tiempo para pensar más que por el trabajo, los hace dóciles a las trampas de las empresas (entre ellas las aseguradoras) y al manejo de los gobernantes. Estos alientan junto a los demás sentimientos, el orgullo de patria, un orgullo infantil y simplista donde según las épocas el malo es el ruso, el afgano o el alemán. Con tales elementos, no es de extrañar que cientos de soldados fueran conducidos como corderitos hacia una guerra absurda e interesada, para descubrir poco más tarde que daban su vida por un poco de petróleo y el afán de venganza de un presidente ridículo.


  • La teoría de la insolidaridad

El otro -cualquiera- es el enemigo. Por lo tanto, el americano se pertrecha de muros, defensas. Se construye otra cara, vigila, desconfía, llama a la policía si alguien detiene su coche a pocos metros de su casa ... Se compra un arma o mira a otro lado cuando alguien no puede pagar su seguro. No de otro modo se explica que una sanidad pública sea inviable. ¿Cómo pedir que alguien pague por la salud del otro? No importa que la gente muera a las puertas de los hospitales, que las asguradoras timen por sistema a sus clientes, que se les niegue el derecho a seguro a muchos otros ciudadanos. En la psicología social domina el sálvese quien pueda y la salud se erige en lujo. La demonización del socialismo, la demonización del pobre, son las tretas interesadas que hacen que el pueblo no pueda avanzar por el terreno de la justicia social. Y el estadounidense típico tiene el cerebro lavado por toda batería de mensajes.


Muchas veces se ha criticado, con cierto fundamento, la tendenciosidad de su cine. Tal vez deberíamos tomar en cuenta dos hechos: que su cámara es un "arma" ("cargada de futuro" que diría Celaya) y que su público no es el europeo o americano culto, acostumbrado a la mirada poliédrica de la realidad, sino el americano medio, poco habituado a sutiles dialécticas. Es por ello, por lo que el mensaje de Moore, abunda en subjetivismos enojosos y simplificaciones directas. Su argumentación tiende a la situación forzada y extrema: Chartlon Heston huyendo tras quedar en evidencia, los ministros evitando firmar el reclutamiento de sus hijos, los héroes que enfermaron en el 11/9 siendo salvados por médicos cubanos. Tales argucias son claramente criticables. No obstante, si con ello consigue que el americano medio se plantee una duda y promueva el cambio, habremos dado por buenos los renglones torcidos de Moore.

domingo, 23 de noviembre de 2008

La Leonera ( de Pablo Trapero)



Presentada en el último Festival de Cannes, La leonera es un film más que recomendable para los amantes del buen cine, aunque no apta para espectadores poco habituados a una alta tensión emocional.


El arranque de la película, casi kafkiano, sitúa a la protagonista en el centro de una auténtica pesadilla. Julia se levanta una mañana, con el rostro magullado y las manos ensangrentadas. Su expresión no traluce sorpresa alguna: los golpes, el maltrato, parecen una rutina que el espectador deduce como alguna habitual en su vida. En los primeros compases de la película, dominan los primeros planos junto a enfoques y movimientos de cámara que conceden al film un ritmo nervioso e inquietante. Seguimos a Julia, en el tren, con llanto contenido, vemos sus pasos a través del cristal de su condición de víctima. Esa condición práctimente se mantendrá durante buena parte de la película. Incluso la breve secuencia de la biblioteca transmite la debilidad de la protagonista rodeada, casi dominada, por la pila de libros circundantes.


Julia teme regresar a casa, su casa. Se da luz a la pesadilla: Julia contempla ahora los cuerpos ensangrentados de Nahuel y Ramiro, su novio y el amante de este que han invadido su hogar. Ni ella ni el espectador llegan a comprender este suceso clave para el desarrollo de la película. Trapero no parece interesado en que el crimen de Nahuel se esclarezca, ya que la falta de justificación hace que el seguimiento de este drama se haga más angustioso y es eso lo que él busca. Algunas notas diseminadas de este sórdido triángulo amoroso se irán desvelando a cuentagotas. Con cada una de ellas se subraya cada vez más la condición absoluta de Julia como víctima indefensa por antonomasia de cuanto le rodea.


Es puesta en prisión. Además presenta un embarazo incipiente. La acusan de la muerte del supuesto padre de la criatura (Nahuel) y el único testigo (Ramiro) se posiciona en su contra para acusarla del crimen. Difícilmente puede pintarse una situación más negra y atormentadora.


A partir de aquí, la sintaxis de planos se modera, se hace más calma. Los planos se van abriendo cada vez más, dando lugar a un retrato no ya sólo de la protagonista sino de un microuniverso: el de las mujeres que cuidan de sus hijos en la cárcel. Esta es la leonera donde Julia irá aprendiendo a hacerse fuerte obligada por las circunstancias. El título por lo tanto es polisémico: no sólo es el espacio para la transformación de Julia en leona, sino que remite al parque con mallas en el que se tiene a los infantes hasta los cuatro o cinco años. De ahí esa fusión de los elementos carcelarios y los de jardín de infancia.
El nacimiento de Tomás será el motor de su transformación, la obligará a salir de su condición real de víctima para luchar contra las circunstancias. Este cambio es progresivo y no trata de ocultar la realidad que se impone sobre la voluntad de Julia. Otro director hubiera ablandado el medio para presentar el triunfo del individuo. Trapero no: Julia no pasa de víctima a heroína, de derrotada a victoriosa, porque la realidad social y carcelaria es como una apisonadora que sólo puede ser sorteada, jamás vencida.
Tomás da sentido a la vida de Julia. Pero he aquí otro de los aciertos del director: ni siquiera él esta a la altura de la grandeza de espíritu de Julia, de su amor de madre, de su vehemente entrega. Tomás aparece como todo infante: ausente, inconsciente, deseoso de libertad y de juegos. Solo el espectador y reclusas como Marta son capaces de entender la soledad absoluta de Julia y su larguísimo sufrimiento.


Varios elementos meritorios merecen resaltarse del talento del director en esta sección. En primer lugar, el seguimiento del embarazo de Julia es extraordinario. Nos preguntamos si Trapero lo ha rodado en tiempo real (con el costo que ello supondría a lo largo de tantos meses) o ha buscado algún artificio brillante. Los cuerpos desnudos, el lesbianismo de las cárceles, es expuesto sin asomo de morbosidad, de una manera documental y casi objetiva. De otro lado, merece subrayarse el modo de rodaje en la cárcel. Situada en escenarios reales, con reclusas de verdad, el desarrollo resulta directo y verosímil. La transformación del espacio real en el espacio cinematográfico es perfecto, con detalles muy cuidados que dan cuenta de las características específicas de estas dependencias.


Varios elementos desconciertan, sin embargo: las secuencias con Ramiro resultan extrañas al relato; hay cierta recurrencia en el tratamiento de Julia como víctima que resulta excesivo, desmesurado; el uso de temas infantiles en el entorno carcelario chirría en ocasiones. Tales apartados más restan que suman en el global de la película.


A ello hemos de sumar una crítica puntual. Existe cierta tendencia actual a situar el realismo en el exceso dramático. No abogaremos por los recesos hollywoodienses, sin embargo, parece tan simplista una fórmula como otra. Si la intención del director es la verosimilitud del entorno y de la protagonista no puede limitarse a la filmación de lo hostil y dramático, sino que sería recomendable alguna nota que completara esta perspectiva que dibujara un fresco más completo. Ello, sin duda, haría más efectivas las secuencias más terribles. No hay descanso para el espectador y eso homogeneiza demasiado el desarrollo. Más allá de la relación entre Julia y Marta, todo es hostil, con lo que ello supone de exceso.
Se agradece, no obstante, que el director haya evitado enarbolar un feminismo simple. La fraternidad entre las mujeres es expuesta con absoluta credibilidad, con sus límites, su generosidad en momentos de necesidad y sus desconfianzas puntuales.


Punto y aparte merece la interpretación de Martina Gusman. En cine siempre se dice que es más difícil vaciar al actor que una escena de cama. Martina se vacía durante todo el metraje, con una autenticidad realmente conmovedora. Su trabajo es secundado con brillantez por la caracterización de las demás reclusas, con el personaje de Marta a la cabeza. En comparación, los personajes de Ramiro (Rodrigo Santoro) y Sofía (Elli Medeiros), madre de la protagonista, parecen demasiado simplificados, faltos de profundidad. El uno es el amante torturado que mira por su propia salvación; la otra, el reflejo de la elite afrancesada argentina. El papel de ambos como antagonistas de Julia hubiera merecido algo más de background.
Muy bueno además el trabajo con los niños, toda una piedra de toque para cualquier director. (Ya se sabe que no hay nada peor que rodar con niños y animales, Hitchcock dixit).


No revelaremos el final del film para aquellos que quieran disfrutar de la película. Les aseguro que aplaudirán con lágrimas en los ojos la transformación de Julia en toda una leona.

viernes, 21 de noviembre de 2008

El buscador


Buscaba tesoros. A lo largo del río, por debajo de las piedras y entre las montañas. A veces sentía tentaciones de vender cuanto hallaba, pero jamás lo hacía. A su espalda se mezclaban joyas y baratijas en un orden confuso.

Un día, la fiebre americana lo llamó. Recorrió de una punta a la otra el mapa de América. Y llegó a California.

En mitad de la nada, en mitad de su faena, apareció una joven .

"¿Que haces?", preguntó ella.

"Busco tesoros, pequeña. A lo largo del río, por debajo de las piedras y entre las montañas". Le respondió sin alzar los ojos.

"¿Qué tipo de tesoros?" "A veces pepitas de oro, otras petróleo y alguna vez alguna piedras preciosa".

La chica sonrió. "¿Serías capaz de hallar para mí alguna de esas piedras?".

Al levantar la vista se dio cuenta de lo hermosa que ella era: haría cuento ella dijera. Dejó a un lado su tesoro de joyas y baratijas. Y empezó a cavar.

Al frío del alba, sucedía el calor del mediodía y la humedad de la noche. Y a ese día, sucedió otro. Y otro. Y otro. Y otro.

La joven se cansó de esperar su joya y sin decir palabra se marchó.

Algo pareció romperse en algún lugar, confuso, en medio de las márgenes del río, bajo las piedras y alrededor de las montañas. Él no la vio irse.

Alzó y bajo los ojos de nuevo. El buscador contempló la enorme fosa que había cavado. Su mirada suplicante giró a su alrededor.

La fosa tenía la forma exacta de su corazón.

martes, 18 de noviembre de 2008

El bebedor de mate



Qué lástima que el invierno no sea invierno, cuando tomo mate y no estás tú. Cuando caliento la pava y me siento tan frío. Y me dedico lento a recordarme a solas los pasos de un rito que compartiría contigo.

Aguardo a que el agua alcance la temperatura exacta sin dejar que hierva, como espero siempre ese calor que nunca alcanza su apropiado equilibrio. Vierto tres cuartos de yerba mate, lo sacudo y lo agito, para que la parte más fina no sea consumida demasiado pronto.

Con el dedo abro un hueco para la bombilla de plata, donde se reflejan mis ojos que brillan. El chorro de agua cae, lento. Y la bombilla queda atrapada en la hierba, atrapada como mis ojos en su brillo obsesivo, como mis pensamientos en un invierno inexistente, como mi vida en ti.

Cebo la yerba y queda una isla intocada, verde apagado como la esperanza. Sólo así podré evitar su sabor más amargo y podré prolongar este rito sin lavar este mate solitario y bello.

Cebador en la noche, cebador cebado, dialogo con el hombre que siempre va conmigo. Doy a beber a mi doble, hasta que el agua cansada dice basta en un sorbo sonoro o mi propia sombra se levanta, dejando tras de sí un silencioso "gracias". Quedamos solos, pues, amigo mate y yo.

Y se lava la yerba que depura mi alma. Y se viene la noche, tan callando. Ya no hay sombra, ni amigos. Ya no hay rito ni invierno.

Qué lástima cuando la yerba arroja su naufragio y flota. Cuando limpio mi mate de calabaza seca. Y me preparo lento a repetir el rito que no compartiré contigo.

martes, 11 de noviembre de 2008

El rostro y la máscara: análisis bajtiano del Carnaval de Cádiz




En estos días en que doy vueltas a distintos abstracts para hacer un artículo, hay sobre uno en especial sobre el que querría hablaros, para compartir opiniones al respecto.


El Carnaval de Cádiz por lo común suene analizarse desde la perspectiva histórica (o incluso anécdótica), comparativa, bajo un enfoque descriptivo o teórico de la música y sobre los aspectos literarios que la letra encierra. Hay un elemento muy interesante en nuestro carnaval y es su enorme complejidad de registros. Es decir, cuando el grupo sale a las tablas empieza toda una serie de transformaciones, de máscaras que nos pasan desapercibidos porque estamos habituados.

Al leer a Bajtin, pienso que cuando hablaba de conceptos como polifonía (la coincidencia de varias voces o puntos de vista en la narración), heteroglosia, no imaginaba que estas ideas podían dar pie a reflexiones como las que vienen a continuación. El punto de vista de este pobre tipo (que pasó sin pena ni gloria hasta que el mundo lo descubrió en su humilde y brillante rincón apenas unos años antes de morir) siempre fue lo literario y cuando hablaba de carnavalización no pensaba más que en lo satírico dentro de las letras.

El hecho es que existen muchos motivos que hacen extraordinariamente complejo nuestro carnaval: variedad de modalidades, variedad de fuertes personalidades que actúan como ejes que aglutinan o fragmentan grupos distintos cada año, etc. Nuestro Carnaval sobre una misma base es siempre cambiante, aunque no nos demos cuenta.

En una simple actuación somos testigos de hasta cuatro registros:

  • la voz individual pública. Autores como "Yuyu", "Lobe", etc. al llegar la fiesta encarnan un personaje que es y no es su propia identidad. Es su yo carnavalizado, en el que hay huellas de cada uno de los personajes que ha encarnado (ejemplo: Yuyu= el que la lleva la entiende). Todo personaje de resonancia pública tiene esta segunda dimensión, pero en el Carnaval esto es más acusado, ya que el individuo anónimo (sea farmacético, profesor, periodista, guionista) se viste de su yo público por una temporada para volver a su identidad real y quizá anonima el resto del año. Estas identidades no sólo no se esconden durante la actuación sino que alimentan el juego ficticio: el miembro se ha transformado también él en personaje.

  • la voz de grupo. Generalmente sobre lo individual se impone el voz de agrupación: sea comparse, chirigota, etc. No ha de confundirse con la voz de tipo: esta está caracterizada en su forma de habla (Los guiris, Araka la kana), no sólo en su vestimenta. Las diferencias son visible ocasionalmente cuando los chirigoteros interpretan pasobles (en que abandonan el toque humorístico y por tanto el tipo) y cuando los comparsistas interpretan los cuplés, o en general cuando se cantan temas de actualidad que las limitaciones espaciales, temporales, lingüísticas que el tipo impone. En la voz de grupo, la agrupación se interpreta a sí misma como colectivo carnavalesco y gaditano.
  • El tipo. Se ejemplifica claramente en la forma de habla y en el vestuario. Es imprescindibles en la presentación y el popurrit. En el núcleo central de la actuación alterna entre la voz de grupo y el tipo. En muchos casos, la voz del tipo permanece invariable durante toda la representación. El tipo puede a su vez asignar distintos roles, como por ejemplo profesor -alumno (Una chirigota con clase)
  • La voz parodiada. Cuando Kadi City comienza su presentación, nos encontramos a la voz de tipo. Sin embargo, a la mitad el grupo habla por boca de la alcaldesa (sherofila). Es el ejemplo paradigmático de voz parodiada. Otras veces el grupo cae en lo que podría denominarse "anafasía" de la voz: cuando el grupo de Selu interpreta al marido papanatas en "Lo que diga mi mujer" no modifica su voz para el discurso femenino. Se limita a un estilo directo repetido y no a una voz parodiada.

A todas estas capas de la máscara, habría que añadir las capas que cubren el rostro, del autor, al miembro individual y de este al grupo. Pero ¿quién será capaz de llegar a tocar el verdadero rostro no ya en el Carnaval, sino incluso en la vida?

Hasta aquí las reflexiones de hoy. Seguiremos meditando.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Medieval Times (cuento de humor)


Bien aconsejado por una buena amiga hoy cuelgo un fragmento delicioso del cuento "Medieval Times" escrito por el argentino Fontanarrosa.

Su visión de USA es exacta. No requiere de mayor explicación.


[] Así que me fui con la mina. Por supuesto, de nuevo el chofer de la combie era el gordo Luis. Y otra vez con lo mismo. Ya no conmigo, sino con una pareja de españoles que iban con nosotros. "Retrasados mentales, señor, idiotas, ladrones también" y decía, refiriéndose a eso del Medieval Times: "Está bien, sí, muy bonito" con un tono ¿cómo te diría? despectivo, "Como para venir una sola vez, por supuesto. Usted lo ve una vez y ya está bien, señor". Medio medio ya como tratándonos como infradotados por ir a ver ese espectáculo. Como diciendo: "¡Gente grande viniendo a ver estas pelotudeces!". Te juro que me dió bronca, ya me hinchó las bolas el mejicano. Tanto, te juro, que me predispuso bien con el espectaculo. ¿Viste? De contrera nomás. […] Y entré contento al boliche, entré bien, de buen ánimo... ¡Para qué! Dios querido... ¡Para qué! Tenía razón el hombre. Primero te cuento que es un lugar inmenso, que quiere imitar a un castillo, por la parte de afuera. Entrás por arriba de un puente levadizo y te metés a una especie de sala de espera, enorme, muy grande. Adentro, para mí que quería una cena íntima, ya había como mil personas. Pero no te lo digo en un sentido figurado. Había como mil personas, no menos. Pero antes, antes de entrar --cuando te piden la reserva, las entradas y esas cosas-- ahí una minita vestida de la Edad Media, te entrega un corona. Una corona berreta de esas de cartón que se usan para los cumpleaños de los pendejos, ¿viste? De algún color. Verde, o azul, o rojo. A nosotros nos tocó una a cuadritos blanca y negra. Y nos indicaron que nos las pusiéramos. Ahí yo ya agarré para la mierda. ¿Viste cuando uno empieza a sentir como una calentura que se sube desde el estómago hacia la cabeza? Una cosa así empecé a sentir yo. La venezolana se puso la corona lo más campante y me pidió que yo hiciera lo mismo. […]Agarré la corona y me la metí debajo del brazo, por no desentonar y tirarla ahí mismo al carajo. Después la máxima: antes de pasar a la sala te recibe un tipo vestido de rey ¡de rey, mi viejo! Con capa, corona dorada, barba, espada, y tenés que sacarte una foto con él. Bah, te ofrecen sacarte una foto con él, casi que te obligan, porque si no no pasás. Segunda payasada de la noche. No solo te tenés que poner una corona como un pelotudo sino que tenés que sacarte una foto con esa corona y con un tipo disfrazado de monarca, cosa de que quede un testimonio gráfico para las generaciones futuras y que después los muchachos del barrio se caguen de risa del pelotudo que viajó a Miami. Para colmo, yo no tuve reacción para mandarlo al monarca a la concha de su madre. Me quedé como un pelotudo al lado de él y me escracharon en la foto. Porque es todo tán rápido, chas, chas y a la lona. Y eso, el no haber podido reaccionar, me dió más bronca todavía. Por suerte, no salí con la coronita puesta --al menos defendí ese pedacito de mi honor-- salí con la corona debajo del brazo, como corresponde a alguien que no le da pelota a esas cosas.[…]
En la sala de espera, Horacio, te juro, toda la gente, las casi mil personas, con la coronita puesta. A los yankis les decís que se pongan un sorete en la cabeza y se lo ponen. Tipos grandes, viejos, gordos pelados, viejas chotas de lo más elegantes, con la coronita puesta. Y entonces, vino lo máximo. Lo que ya me sacó definitivamente de mis casillas y me dió bien por el forro de las pelotas. La minita que nos había recibido en la puerta del castillo le habla a la venezolana y le indica una cosa, que después la venezolana me transmite. A nosotros nos había tocado la corona blanca y negra y entonces teníamos que hinchar por el caballero Blanco y Negro. ¡Pero mirá vos, si serán pelotudos estos yankis!. ¡Mirá si se cagarán en la libre determinación de los pueblos! ¡No solo te obligan a ponerte una coronita ridícula sino que, además, te indicaban para quien tenías que hinchar en la pelea a espadazos! ¡Es algo inconcebible! ¡Tenías coronita blanca y negra y tenías que alentar al caballero Blanco y Negro! Es como si acá vos, por ejemplo, vas a un cuadrangular de fútbol-sala y no sos hincha de ninguno de los cuatro equipos. Bueno, muy bien, a los cinco minutos de verlos jugar, si se te cantan las pelotas, ya podés elegir a alguno de los equipos. Porque te gusta cómo la pisan, porque juega un tipo que es amigo tuyo, por el color de la camiseta, porque van perdiendo y te resultan simpáticos o por lo que puta fuere, querido, por lo que puta fuere. Pero decidís vos, elegís vos, vos solito. Te juro que yo, a esa altura, ya tenía un veneno, pero un veneno, que no le daba ni cinco de bola a la venezolana que creo que se estaba dando cuenta de que esa noche no me cogía. […] Para colmo aparece el payaso del rey ése, el barbudo, y anuncia que nos preparáramos para pasar al lugar del espectáculo. En inglés, por supuesto, pero la venezolana me iba traduciendo. Que primero iban a pasar los de corona verde, después los de corona roja, y así hasta pasar todos. Y yo pensaba "¿Pero qué es esto? ¿El colegio? ¿Porqué no nos hacen formar fila y agarrarnos de las manos también?" ¡Y los yankis lo más contentos! ¡Todos iban pasando de acuerdo al color de las coronitas, saltando, cagándose de risa! ¡Como corderos, mi viejo! ¡Después te vienen con la exaltación del individualismo y todos esos versos! ¡Con John Wayne saludando solo desde el horizonte o Bruce Willis haciendo la suya a pesar de que el jefe de policía le ordena lo contrario! ¡Te juro que Bruce Willis va a Medieval Times y se pone la coronita colorada y grita para el caballero Colorado como cualquiera de esos otros pelotudos! ¡Si así los han llevado a Vietnam, a Corea, a la Segunda Guerra, querido! ¡Como corderos! Les dicen te damos una gorra y una escopeta y ellos felices, dale que va... ¡Huy cómo estaba yo, mi viejo! Envenenado estaba, te juro, envenenado. […]Yo no se si estará de moda o en la Corte del Rey Arturo se tomaría, lo cierto es que nos llenan los vasos con sangría. Y ahí le empecé a dar parejo a la sangría. Meta sangría. Cada vez que me pasaba por delante el paje ése, yo lo cazaba de esa especie de bombachudito que ellos usan y le pedía otro vaso. Al final ya medio me miraba fulero pero me daba, me daba. Porque si hay algo envidiable en esos tipos es esa buena onda con que trabajan. […] Y ya mezclé la bebida, ya mezclé la bebida. Yo, que sé que me hace mal. Porque si yo largo con champú, puedo seguirla con champú toda la noche que vos ni lo notás. Pero si por ahí lo mezclo con algún whisky o algún gin-tonic, ahi viene la cagada, eso me ha pasado. […] Para colmo de arranque los tipos largan con una sopa. De arranque ¿viste? ¡Una sopa, podés creer? Mirame a mí, muchacho grande, tomando una sopa en la Corte del Rey Arturo. Se la ofrecí a la venezolana que, te aseguro, chupaba y morfaba lo que le ponía adelante. Han sido países muy hambreados ¿viste? […] Habían entrado los caballeros, digamos, había empezado el espectáculo y la gente se habí¡a vuelto completamente loca. ¡Pero completamente loca, te juro Horacio! A los que les habían dicho que gritaran para el Caballero Verde, gritaban para el Caballero Verde. A los que les habían dicho que gritaran para el Caballero Rojo, gritaban para el Caballero Rojo. ¡Y todo así! ¡Como corderos, hermano! "Pero vos sos una reventada hija de mil putas!". Decí que la mina no me escuchó con el griterío y todo eso, no me escuchó. Pero entonces yo decidí gritar por el Amarillo. A la mierda. De contrera, nomás. Por el Amarillo. Parado en medio de la tribuna de los del Blanco y Negro, empecé a los gritos: "¡Vamos Amarillo, todavía! ¡Vamos Amarillo, carajo!". […] Te explico: primero los tipos éstos hacen una especie de ejercitación de destreza, digamos. Sacan con la lanza una argolla parecida a la sortija, clavan unas lanzas mas cortitas en unos blancos de paja. En fin... te diría que esta es la parte más honesta de la cosa porque ahí no hay arreglo, ahí es simplemente una demostración de habilidad ecuestre. Pero en las peleas es un completo circo, un arreglo donde deben decir "Bueno, hoy ganás vos y mañana gana este otro". Así de simple, como en "Titanes en el Ring". Cosa de que no gane siempre el mismo y el tipo se sienta Gardel y ya pretenda el día de mañana irse a las olimpíadas de las Justas Medievales. O se les descuelgue a los tipos con que quiere más guita porque él es el Rey de la Milonga. La cosa es que habían empezado a eliminarse entre ellos y la gente deliraba. Hacían duelos de uno contra uno, de aquellos de Ivanhoe. Con las lanzas largas, uno a cada lado de una especie de valla bajita, se venían y se pegaban en los escudos. El que caía quedaba eliminado. ¡Y el mío venía prendido, che! Y yo que había seguido con la sangría, estaba cada vez más dado vuelta, te reconozco. Me limpiaba las manos con grasa en la espalda de la venezolana, por ejemplo. No por hijo de puta. De los nervios, nomás.[…] ¡Cómo estaría yo de acelerado, de desorbitado, fuera de mí mismo, que el Caballero Amarillo cuando ganó la penúltima pelea, primero saludó a su público y después se vino enfrente mío y me saludó con una inclinación de la lanza! Hasta el Rey, el pelotudo ese que no paraba de hablar, me miró desde su palco como cabrero. ¡Y para qué te cuento que la final fue entre el Caballero Amarillo y el Blanco y Negro! Ahí me volví loco. Me paré en mi asiento, me di vuelta hacia las brasucas, saqué guita que tenía en el bolsillo y la estrellé contra el respaldo de nuestra fila. "¡Hay guita a mano del Amarillo!" grité "¡Hay guita a mano del Amarillo, la concha de su madre!". […] Para colmo, tenía la intuición de que al Caballero Amarillo no le tocaba ganar esa noche, pero que se había agrandado fundamentalmente por el apoyo mío. Había encontrado un pelotudo que lo alentaba contra viento y marea, metido entre medio de la hinchada de los contrarios, pateándole el tablero a todos esos yankis mariconazos y había dicho "Yo a este tipo no puedo fallarle". El morocho se había envalentonado, cansado de que lo basurearan los otros por ser hispanoparlante y había dicho "Esta noche gano yo y se van todos a la puta madre que los reparió" ¡Y se vienen, che, y el Amarillo lo sienta al otro de culo de un lanzazo! ¡A la mierda con el rubiecito trolo, el Blanco y Negro! No sé, no me acuerdo muy bien qué fue lo que hice. Me paré en el asiento, creo que le grité algo al rey y me agarraba de las bolas, le hice así con los dedos como que me los cogía a todos. Despues me dí vuelta hacia las brasileñas y también me agarraba los huevos y se los mostraba. Ni sé donde carajo había ido a parar la venezolana, por ejemplo. Creo que le pegué un empujón cuando el Blanco y Negro rodó por el piso y la tiré como cuatro escalones más abajo. Estaba loco, loco. Tan loco estaba puteándolas a las brasuquitas que no me dí cuenta de que el Blanco y Negro se había parado, había sacado su espada y se le venía al humo al Amarillo. ¡La pelea no había terminado! […] Y el Blanco y Negro lo cagó al Amarillo. Simularon pelearse a espadas y con esas bolas de pinchos --porque fue una simulación asquerosa-- y el negro puto ese del mejicano se tiró al piso como quien se tira a la pileta, se dejó ganar el hijo de puta. La dignidad azteca en la que yo había confiado no le alcanzó para tanto. Habrá pensado, el piojoso, que era mejor asegurarse un plato de frijoles que ganar esa noche para darle el gusto a un argentino totalmente en pedo. Entonces el Caballero Blanco y Negro se vino hacia nosotros, hacia nuestro sector, caminando nomás, y saludó con la espada hacia su tribuna, especialmente hacia el grupito de brasileñas que chillaban histéricas. Ahí fue donde yo cacé el vaso, yo cacé el vaso de vidrio, el alto, el de la sangría Horacio, yo cacé el vaso y, mirá --el Caballero Blanco y Negro estaría como de acá a allá-- y le zumbé con el vaso. Acá se lo puse, exactamente acá, en medio de la trucha, en el entrecejo. Cayó redondo el hijo de puta. No dijo ni "Ay". […] Lo que vino después, bueno, vos te lo imaginarás. Vos sabés como son estos yankis con la cuestión de los juicios. Hay una industria del juicio allá. Vos venís a mi casa a comer una noche, te atragantás con una miga de pan y me metés un juicio, así nomás, derecho viejo.